Noche solitaria

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Aquí estoy, solo, como siempre
en esta soledad que mata lo viviente.
La gente que pasa, pero nada siente
yo sin prisa espero a que por fin te encuentre.

Chocando con amantes en cualquier esquina,
es esta soledad la que mi vida contamina.
Caminando por el mundo como el que solo camina
es que el amor a veces también discrimina.

Esta es la parte más dura: sé dónde estas
pero a seguirte yo no me animo más.
Creo que al final no lo sabrás
y así el dolor no se extinguirá jamás.

Y está bien así, vos no sentís mi dolor
las estrellas, para vos, siempre tendrán este fulgor.
Es el final de una largo tiempo de horror
aunque para muchos esto se llame ‘amor’…

Forma parte de Poesía Adolescente
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Desempleado

Cuando volví en mi, me vi mirándome fijamente a los ojos. No estaba frente a un espejo sino frente a una vidriera. El escaparate mostraba televisores LED de diferentes tamaños y calidades, de Full HD a 4K, planos y curvos, de 42 a 70 pulgadas. Las marcas, casi todas orientales. Capté sin duda la ironía: tantos píxeles de alta definición, con colores vivos y profundos, pero en realidad la escena era toda gris. El blindex devolvía fantasmalmente mi reflejo, y a él es a quien yo miraba penetrantemente a los ojos.

Se intuía bajo ellos mi nariz, un poco ladeada a la derecha y la barba candado entrecana un poco descuidada. De pronto recordé por qué estaba allí: me había refugiado de la intemperie. Grandes gotas de lluvia caían por fuera de ese techo de lona que cubría parte de la vereda, y el viento azotaba con un poco más de fuerza a cada minuto.

La leve noción de que no tengo alma parecía desprenderse de esa mirada. Una tímida chispa de remordimiento.

Eso me ayudó a reconocer donde estaba. Las calles de Asunción, tan pobladas durante el día, se encontraban ahora semidesiertas. Aunque, se debe admitir, que con la cortina de gotas de lluvia poco y nada se podría adivinar más allá de los autos que pasaban cada espaciados minutos por la calle.

Los televisores seguían, llenos de luces pero mudos, del otro lado de la vitrina. El único sonido era el ruido blanco de la lluvia e intuí que fue eso lo que me hizo perder conciencia en primer lugar. Llevaba en la mano derecha los restos de un diario ABC Color que, por puro romántico, compré a la mañana temprano, arengándome, diciéndome que el día en principio podía ser como cualquier otro y que solo me permitiría que mejore.

Lo sé. Sé que hoy en día se encuentra trabajo, para un contador como yo, a través de LinkedIn, redes de contactos o hasta Clasipar. Que se envían los currículums por mail y que te entrevistan siempre por teléfono antes de recibirte en sus oficinas. Pero yo, un poco por estar fuera de ritmo en esto de buscar trabajo y otro poco por salir de casa para no sentirme un inútil, sigo comprando el diario con la intención de marcar los clasificados y llegar a las oficinas que ofrecen empleo.

Desde luego, llevo el Smartphone en el bolsillo, ya no para fotos ni temas personales, y desde allí hago llegar a las casillas de mail correspondiente el PDF con el detalle de mi hoja de vida, sin embargo sigo apareciendo en esos locales.

Me gusta ver sus fachadas, sus recepciones. Intuir el orden o desorden de la compañía según se escuchen alborotos o susurros en sus dependencias. Me gusta pedir un café mientras espero y empezar charlas triviales con personas que entran o salen o esperan a la par que yo alguna otra cosa. Me gusta apretar la mano de los y las gerentes cada vez más jóvenes de Recursos Humanos. No me molesta la frase “lo estaremos llamando”, aunque sí las miradas de sorpresa que normalmente lanzan a mi pelo gris, cuando me saco el sombrero. Sé que muchos lo juzgan de otra época.

Tendría que estar jubilado, y lo sé. Y tengo las condiciones para estarlo, probablemente. Pero mi profesión es mi vida. No quiero sentirme muerto. No puedo sentirme muerto.

Recuerdo que hoy ha sido un día duro mientras vuelvo la mirada a mis ojos en el vidrio, ha sido duro porque cada vez salen menos clasificados en el diario. La mañana que arrancó tan cálida tornó a fresca y gris hacia el mediodía y me encontraba lloviendo a mares a primeras horas de la noche.

Ha sido un día duro porque el “lo estaremos llamando” solo lo cumplieron desde casa, pidiéndome, rogándome que vaya. Que comparta, que me despida. Que Luisito es mi hijo, que tengo que estar en el crematorio. Ha sido un día malo, pero hay que seguir remando.

De apariciones y aparecidos

Amanece de nuevo en el monte. Un día como cualquier otro. Los mismos desafíos y las mismas imágenes: la tez cobriza del indio, el sol fulgurante que se cuela entre las copas de los árboles, la suave melodía del guyra hovy, el tintineante correr del arroyo y la tímida hediondez de las hojas húmedas descomponiéndose sobre la tierra roja.

Sigilosamente el indio se acerca al arroyo para conseguir algún pacú desprevenido cuando, de pronto, la visión de la que tanto hablaban en la tribu se le aparece enfrente. Lo que más le llama la atención es el tipo de cabellera que la aparición tiene: encrespado. Tan diferente a las lacias cabelleras de él y sus compañeros y compañeras. La piel de la aparición era oscura, más que las de ellos, tanto que irremediablemente le viene a la cabeza la idea de la noche. Noche que contrasta con algunos vellos blancos que emanan del mentón del sujeto y que se confunden también entre el cabello negro crespo.

No importa el índole de la aparición, el gesto es casi universal: una amplia sonrisa se dibuja en el rostro de ambos, casi al instante.

El indio sabe que intentará inútilmente comunicarse. Si hasta le cuesta hacerse entender con los ancianos de la tribu, esto sería todavía más difícil. Simplemente señala con los dedos que se acerca al arroyo, que está desarmado (al menos contra apariciones) y que, sea lo que sea, se siente cómodo.

La aparición amplía aún más la sonrisa y en sus pómulos, ahora tensos y brillantes, se dejan ver manchas. Pequeñas pecas de tal vez medio tono más oscuras que la tez general.

“Puedo entenderte, aunque pienses que no” dice con voz firme, casi de barítono, la aparición dirigiéndose al indio en la lengua de éste. “Habla, que te escucho” y se señaló una de las orejas, la derecha, en cuyo lóbulo brillaba ahora un pequeño arete, reluciente.

Sorprendido, el indio exclama algo verdaderamente ininteligible. “¿Con que problemas fonoaudiológicos? Sea”, dice la aparición y chasquea los dedos. Inmediatamente el indio empieza a sentir un ardor en la garganta, como si hubiese tomado alguna de esas aguardientes que una vez intercambiaron con otros nómadas: la chicha.

El indio carraspea, escupe, lo intenta de nuevo. Habla. ¡Habla! Pero no da las gracias. Sale corriendo desesperadamente hacia la aldea, reparando apenas en la aparición y gritando en su lengua “¡Es Tupä, me devolvió la garganta, ahora se me entiende, la aparición es Tupä!”.

Entonces Morgan Freeman deja los ojos por un instante en blanco y, con un nuevo chasquido, se desvanece en un pequeño espectáculo de humo.

El milagro de la plaza

En aquellos días el Señor, tras haberse deleitado con melodiosas armonías tritono, emprendió una suave caminata hacia la plaza del pueblo. Allí vio, tal como lo esperaba debido a su omnisciencia, a un grupo de jóvenes que, sentados de manera dispar sobre canteros y piedras, pasábanse los unos a los otros una tuca que habrían rescatado de no se sabe dónde.

Con infinita bondad el Señor aproximose a ellos y díjoles: “hermanos, convidad de eso que tenéis allí al Hijo del Hombre” a lo que los jóvenes respondiéronle “Salí, gato, que te yenamo’ de plomo”. Con la infinita bondad antes mencionada, el Señor repuso: “Rescatensé, loco, que llamo a la yuta”. Los jóvenes, entonces, al mirarlo a los ojos quedaron prendados de la incomparable belleza de esos cabellos largos, la barba varonil y la firme voz que habíalos amenazado segundos antes. Pasaron al señor la tuca. El Señor, luego de una seca, devolvioles la gentileza diciendo: “Id y compartid las maravillas del Hijo del Hombre, espero muchos likes👍 y me encantas❤”.

Los muchachos se miraron unos a otros sin entender a qué se refería el Señor, hasta que se percataron de que la humilde tuca se había transformado en un largo y grueso porro y que la plazoleta ya no olía a paraguayo prensado en su presencia sino que abundaba el aroma de deliciosas flores.

Al volver a mirar hacia el Señor, ya solo lo vieron cruzando la calle y dirigiéndose al dueño del puesto de panchos: “Convidadme de lo que tenéis ahí, que se viene un bajón que solo Dios sabe”.

Versos repetidos

blog_blanco

Soy un infeliz fantasma
que vive de recuerdos y realidades no pasadas,
y aunque yo quiera evitarlo
esos sentires me atacan y me dejan en la nada.

Sabiendo que casi siempre
los errores son de uno y que no existe la suerte,
la idea fija la tengo
no tenerla aquí a mi lado casi me lleva a la muerte.

Y es que la amo con locura
la siento aquí cada instante y deseando su pasión,

Y pensar en ella me hace
escribir estos versos repetidos
que afloran de adentro mío, de una perdida ilusión…

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