El encuentro

José se deleitó bebiendo de esa agua que le habían ofrecido al llegar a la oficina, el calor en la ciudad era intenso. Aún dentro de la recepción en la que se encontraba, el equipo acondicionador de aire apenas bastaba para disminuir un par de grados la temperatura a la sombra. Bebió sin pausa pero en pequeños tragos para que los dedos de su mano se vieran beneficiados también de la frescura que el agua fría le hacía llegar incluso a través de las paredes del plástico fino del vaso. Horas de viaje en colectivo, con calor y polvo incluidos. Pero ya se encontraba allí.

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Cábalas

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Todas las cábalas, todas. Porque el no poder estar ahí para patear la pelotita no significa que no se pueda hacer nada. Que se deba estar ausente del trámite, del desarrollo, de la balanza que genera el desequilibrio.

Todas las cábalas porque algo hay que hacer con esa taquicardia, con la picazón en las yemas de los dedos, con el sudor frío que nunca empieza a salir de los poros, con el movimiento inconsciente pero acompasado de la pierna izquierda al ritmo de una deformada canción popular devenida en aliento.

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La perspectiva adolescente del espejo

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Por eso hice poner frente a mí este espejo. Era una manera de no estar tan solo. De acompañarme yo mismo con algo más que este pensamiento que transita por mi cerebro, que no puede ya circular por mi cuerpo, que a veces se precipita angustiosamente, hasta sentir que me golpea y lastima la bóveda del cráneo, como una rata enjaulada.
El espejo — Josefina Plá

Sí, papá, no crea que no lo sé. No crea que no tengo conocimiento de lo que usted hizo. Maltrecho, mudo, anclado a ese sillón sucio, pero con todas las energías necesarias para seguir haciéndome la vida imposible.

Usted ya debiera estar muerto, papá. Pero no lo está. ¡Debería decirle ahora mismo cuánto lo odio! ¿Es que no se da cuenta de que ya soy una mujer? ¿Es que no se da cuenta de que puedo tomar mis propias decisiones?

¡Debería romper ese bendito espejo que sólo usa para espiarme y celarme! Pero, yo sé, usted no aprendería. Seguiría detrás de mí como un perro de caza, como un guardaespaldas que nadie ha contratado ¡Y ni siquiera puede tomar solo la sopa!
¿Acaso no se percató de que él me ama? ¿De que él es el indicado?

Usted no termina de morirse y no sé si incluso luego de eso me dejará vivir mi propia vida según lo que yo creo y siento. Pero esto no se volverá a repetir, ¿sabe? Si todo esto con él terminó, la única forma en la que pueda seguir amargándome la existencia será yendo a buscarme al infierno. ¡Viejo egoísta! ■

Microcuento presentado en el concurso Microrrelatos de la Plá organizado por el Centro Cultural Juan de Salazar, marzo de 2015