La celda

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La luz del amanecer era muy tenue, sin embargo, al ingresar por el mínimo hueco rectangular que hacía las veces de ventana en lo alto del muro nororiental, parecía iluminar en forma desmedida la húmeda celda en la que se encontraba Natalio. No había dormido nada esa noche tampoco al igual que las últimas cuatro. De hecho, había vuelto a su celda hacía no más de treinta minutos, fatigado y desvelado.

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Giménez, a secas

Sin título

El reloj marcó las doce y Pablo Giménez, “Pablito” para los muchachos de la oficina, se dispuso a cerrar la agenda, contar el dinero y prepararse. El cansancio físico natural se encontraba disimulado muy bien por la dosis de cafeína que se había acostumbrado a ingerir en estas últimas semanas.

Contador de día, en la oficina. Cajero-dependiente de servicentro, al caer el sol. De nueve de la mañana hasta la medianoche —con un ligero intermedio de cinco y media a seis de la tarde— Pablo Giménez (“Giménez”, a secas, en el servicentro y solo por teléfono) se dedicaba a producir lo que necesitaba para vivir. Era “Giménez”, a secas, pero él sabía que su segundo trabajo era aún más importante que el primero. Insultos (y tal vez varias vejaciones) soportó “Giménez”, a secas, pero valía la pena.

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Entrevista con un vampiro

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A la hora pactada llega, no por recordarlo, sino porque quien le sirve de tiempo completo se lo recuerda y lo llama. Viene totalmente despreocupado, desprovisto de prejuicios y enojos. Se sienta a la mesa que había dispuesto su asistente –y a la que yo ya me hallaba sentado– y me dispongo a sacar la netbook, ya que tengo pensado grabar la entrevista con el software grabador de voz: había olvidado la grabadora en mi habitación.

Se acerca en ese momento su asistente y deja frente a él un vaso casi rebosante del néctar animal, aquél que consumía todos los días, tanto por las tardes a la puesta de sol como al amanecer.

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Oscuridad y silencio

Oscuridad

“¡Noooooooo!” fue lo último que alcanzó a oír. El rugido –que estaba seguro había salido de su propia garganta, aunque no había sido así– había tomado por completo la habitación oscura en la que se encontraba, empeorando el desagradable cuadro que podía ver a través de sus ojos y sumándose al hedor desprendido de las paredes con notas de sangre, sudor y podredumbre.

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Terror

terror

Si le hubieran dicho a él que iba a llegar el momento en que iba a sentir terror, sólo se hubiera muerto de la risa, con lágrimas, carcajadas y dolores de abdomen incluidos.

Lo que pasa es que Rubén era un tipo bravo. En la Buenos Aires de la década de 1910, él no conocía a nadie más guapo, corajudo y hábil con el cuchillo que él mismo.

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