Engaño

Las puertas se cerraron y ella entendió que todo había acabado. Suspiró como dejando atrás hasta el aire de aquella vida y bajó a la calle a esperar un taxi. Caminó unos metros por la calle adoquinada, casi lustrosa, hacia el sur. El viento, con el aroma salado característico del mar, acarició su rostro despeinando levemente sus cabellos sueltos. Allí ella volvió suspirar ya bastante más tranquila viendo el vehículo amarillo que iba llegando para transportarla.

Él había quedado tras esas puertas. En realidad, tras tres juegos de puertas y media docena de pisos que salvaban un ascensor.

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