Giménez, a secas

Sin título

El reloj marcó las doce y Pablo Giménez, “Pablito” para los muchachos de la oficina, se dispuso a cerrar la agenda, contar el dinero y prepararse. El cansancio físico natural se encontraba disimulado muy bien por la dosis de cafeína que se había acostumbrado a ingerir en estas últimas semanas.

Contador de día, en la oficina. Cajero-dependiente de servicentro, al caer el sol. De nueve de la mañana hasta la medianoche —con un ligero intermedio de cinco y media a seis de la tarde— Pablo Giménez (“Giménez”, a secas, en el servicentro y solo por teléfono) se dedicaba a producir lo que necesitaba para vivir. Era “Giménez”, a secas, pero él sabía que su segundo trabajo era aún más importante que el primero. Insultos (y tal vez varias vejaciones) soportó “Giménez”, a secas, pero valía la pena.

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La perspectiva adolescente del espejo

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Por eso hice poner frente a mí este espejo. Era una manera de no estar tan solo. De acompañarme yo mismo con algo más que este pensamiento que transita por mi cerebro, que no puede ya circular por mi cuerpo, que a veces se precipita angustiosamente, hasta sentir que me golpea y lastima la bóveda del cráneo, como una rata enjaulada.
El espejo — Josefina Plá

Sí, papá, no crea que no lo sé. No crea que no tengo conocimiento de lo que usted hizo. Maltrecho, mudo, anclado a ese sillón sucio, pero con todas las energías necesarias para seguir haciéndome la vida imposible.

Usted ya debiera estar muerto, papá. Pero no lo está. ¡Debería decirle ahora mismo cuánto lo odio! ¿Es que no se da cuenta de que ya soy una mujer? ¿Es que no se da cuenta de que puedo tomar mis propias decisiones?

¡Debería romper ese bendito espejo que sólo usa para espiarme y celarme! Pero, yo sé, usted no aprendería. Seguiría detrás de mí como un perro de caza, como un guardaespaldas que nadie ha contratado ¡Y ni siquiera puede tomar solo la sopa!
¿Acaso no se percató de que él me ama? ¿De que él es el indicado?

Usted no termina de morirse y no sé si incluso luego de eso me dejará vivir mi propia vida según lo que yo creo y siento. Pero esto no se volverá a repetir, ¿sabe? Si todo esto con él terminó, la única forma en la que pueda seguir amargándome la existencia será yendo a buscarme al infierno. ¡Viejo egoísta! ■

Microcuento presentado en el concurso Microrrelatos de la Plá organizado por el Centro Cultural Juan de Salazar, marzo de 2015

Resurrección

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La resurrección es químicamente imposible. Considerando que la muerte es el punto de quiebre de la entropía de un ser vivo en cuanto a sus sistemas de supervivencia. Algo que “resucita” es algo que en realidad nunca estuvo muerto. Él pensaba en eso mientras se aclaraba la mente y se ponía de pie. El agradable aroma que desprendía no se debía solamente a las flores que cubrían parte de su cuerpo cuando despertó, sino de su propia carne incorrupta. Incorrupta tras tres días. No pudo evitar asociar todo aquello con el célebre episodio de Lázaro. A pesar de las heridas, no hubo infección gracias a la dedicación con la que fue preparado para el sepelio, con una higiene casi exagerada.

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Susto a tiempo

SUSTOATIEMPO

Sé que cuando me pongo a explicar algo me torno insoportable, así que voy a tratar de contarlo de la manera más sencilla que me sea posible.

Yo salía de la cancha, había ido a ver al Rojo después de un par de años. Una semifinal de Sudamericana en 2010 había sido la última vez, con el turco Mohamed, le ganamos a los negros de la Liga de Ecuador 2 a 1. Y mirá que esa vez ya pensaba “puta madre, siete Libertadores y ahora andamos festejando llegar a una final de Sudamerigarcha”. No, pará, ¡no es que sea amargo! Pero ponete en mi lugar viejo, yo que llegué a ir a la cancha en los ochenta no me iba a imaginar jamás que podríamos estar festejando llegar a una final de copa de estas. Nosotros no somos como los bosteros que festejan cualquier cosa. Tampoco somos cagones como las gallinas que tienen que agradecer a Dios y a la Virgen llegar a una puta final, somos el Rojo, el Rey de Copas.

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