La celda

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La luz del amanecer era muy tenue, sin embargo, al ingresar por el mínimo hueco rectangular que hacía las veces de ventana en lo alto del muro nororiental, parecía iluminar en forma desmedida la húmeda celda en la que se encontraba Natalio. No había dormido nada esa noche tampoco al igual que las últimas cuatro. De hecho, había vuelto a su celda hacía no más de treinta minutos, fatigado y desvelado.

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Giménez, a secas

Sin título

El reloj marcó las doce y Pablo Giménez, “Pablito” para los muchachos de la oficina, se dispuso a cerrar la agenda, contar el dinero y prepararse. El cansancio físico natural se encontraba disimulado muy bien por la dosis de cafeína que se había acostumbrado a ingerir en estas últimas semanas.

Contador de día, en la oficina. Cajero-dependiente de servicentro, al caer el sol. De nueve de la mañana hasta la medianoche —con un ligero intermedio de cinco y media a seis de la tarde— Pablo Giménez (“Giménez”, a secas, en el servicentro y solo por teléfono) se dedicaba a producir lo que necesitaba para vivir. Era “Giménez”, a secas, pero él sabía que su segundo trabajo era aún más importante que el primero. Insultos (y tal vez varias vejaciones) soportó “Giménez”, a secas, pero valía la pena.

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Amargos

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Amargos, lleno de amargos.

—Eh, loco, ¿qué te pasa? ¿De nuevo puteando a la computadora?

—La idiotez del mundo, viejo, la idiotez del mundo.

—Uff… ¿La idiotez del mundo? ¿Qué te pasó ahora?

—Y, nada, ya no se puede disfrutar de internet. Vayas donde vayas hay gente pelotuda posando para selfies.

—Bajá un cambio, ¡no te podés estar estresando por eso!

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