Monotonía

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Mirando calle abajo claramente se ve el río, cortando el horizonte en la línea oscura que lo separa del cielo. Un poco más acá, la costanera. Reluciente de asfalto, baldosa y exceso de sol de diciembre. Dejando la mente en blanco por un instante pueden percibirse inclusive las refracciones a la luz que devuelven esas baldosas en el vaho de la humedad que asciende de nuevo a las alturas. Prendas de algodón y protectores solares recomendaron desde los noticieros matutinos para recorrer el centro de Asunción, en el cual el calor amplifica los olores de una ciudad que en estos años se ha puesto tan sucia. Bolsas de residuos sin recoger de la noche anterior allí, en la esquina, y el abrumador ruido de los colectivos pasando a toda velocidad y dejando su rastro de humo negro aportan el último componente del desesperante día a día en la capital del Paraguay.

Habría que sumar las casi cuatro horas de viaje diarias, desde las afueras del área Metropolitana. Más de una hora y media de ida en el 43. En promedio, lo mismo de vuelta. Todos los días. Cada día. Ganarse el pan. Aguantar los viajes, casi siempre sintiéndose una lata de sardinas, dentro de los mismos colectivos que luego intoxican con su ir y venir y ese humo, siempre negro. Durante el viaje también intoxican, pero con música tropical. Cada día.

Mirando a través de la ventana todo esto —bien, mirando explícitamente calle abajo, pero componiendo el resto de la escena mentalmente—, Lucía Martínez iba haciéndose la idea (consciente) de que su vida era esa e iba a seguir siéndola por un tiempo indefinido. Pestañeó fuertemente dos veces, como para intentar salir de la ensoñación, y continuó con la sencilla pero rutinaria tarea por la cual le pagaban en ese local.

Giró la cabeza hacia el monitor y comprobó que todas las hojas del documento se hayan digitalizado correctamente, una por una, girando la ruedita del mouse hasta el infinito o el hartazgo, lo que ocurriese primero.

Un nuevo lote de archivos estuvo disponible y, con seguros ademanes, Lucía colocó las hojas en el escáner. Con las manos nuevamente libres,  la atrajo una vez más la eternidad de la calle y el río y el calor y la sobreexposición de las luces bajo el calor de veranoinvierno.

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El motivo

La bola le picó larga. Iniciando el enésimo pique del partido, a los 42 minutos del segundo tiempo. Estoy seguro de que en ese momento Rovira tenía dos objetivos en la cabeza. El primero era alcanzar la pelota antes de que salga de la cancha por el lateral derecho (porque al saque de arco no llegaba con esa parábola). El segundo era mandar a la recalcada concha de su madre al 2, que con tremendo bochazo, más que complicar a la defensa contraria, se la hacía más difícil a él, teniendo que ir a buscarla a la posición del 7. Siendo él un centrodelantero. Con talento, pero centroforward a fin de cuentas.

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Engaño

Las puertas se cerraron y ella entendió que todo había acabado. Suspiró como dejando atrás hasta el aire de aquella vida y bajó a la calle a esperar un taxi. Caminó unos metros por la calle adoquinada, casi lustrosa, hacia el sur. El viento, con el aroma salado característico del mar, acarició su rostro despeinando levemente sus cabellos sueltos. Allí ella volvió suspirar ya bastante más tranquila viendo el vehículo amarillo que iba llegando para transportarla.

Él había quedado tras esas puertas. En realidad, tras tres juegos de puertas y media docena de pisos que salvaban un ascensor.

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Su lugar en el mundo

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Bruce despertó de pronto, exaltado y bañado en sudor, en medio de la noche. La oscuridad era norma en su cuarto, pero su tez oscura resaltaba sin dudas sobre las sábanas blancas, dejando adivinar los brazos bien formados gracias a las gotas brillantes de transpiración nocturna. Se podía intuir en la oscuridad que su rostro era de terror, a pesar de lo negro de la noche, en las cuencas de la cara donde alojaba los pequeños ojos cafés. Su cabello crespo —con canas casi al cien por ciento— coronaba la frente, brillante también por el reflejo del sudor que le provocó la pesadilla de la cual se acababa de despertar así de agitado.

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A llanto vivo

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Con bastante dificultad se las amañó para estacionar sobre Pettirossi, en pleno Mercado Cuatro (y entre puesto y puesto fabricado a base de containers) el Mercedes Benz de su jefe. A pesar de la experiencia que da tener años al volante, esas nuevas construcciones que bloqueaban parte de la calzada hacían que Saúl debiera esforzarse un poco más que antes para quedar bien acomodado en aquella avenida tan transitada de la capital paraguaya. Lo que sí permanecía igual para lograr su cometido era la vista gorda que hacía el policía dedicado a custodiar ese cruce de calles.

Saúl había que en aproximadamente veinte minutos su patrón concluiría su rutina. Primero bajaría del coche, luego haría lo que condenadamente hace cada martes y volvería a subir al vehículo para dirigirse a su residencia en la zona del barrio Trinidad, pero…

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