El milagro de la plaza

En aquellos días el Señor, tras haberse deleitado con melodiosas armonías tritono, emprendió una suave caminata hacia la plaza del pueblo. Allí vio, tal como lo esperaba debido a su omnisciencia, a un grupo de jóvenes que, sentados de manera dispar sobre canteros y piedras, pasábanse los unos a los otros una tuca que habrían rescatado de no se sabe dónde.

Con infinita bondad el Señor aproximose a ellos y díjoles: “hermanos, convidad de eso que tenéis allí al Hijo del Hombre” a lo que los jóvenes respondiéronle “Salí, gato, que te yenamo’ de plomo”. Con la infinita bondad antes mencionada, el Señor repuso: “Rescatensé, loco, que llamo a la yuta”. Los jóvenes, entonces, al mirarlo a los ojos quedaron prendados de la incomparable belleza de esos cabellos largos, la barba varonil y la firme voz que habíalos amenazado segundos antes. Pasaron al señor la tuca. El Señor, luego de una seca, devolvioles la gentileza diciendo: “Id y compartid las maravillas del Hijo del Hombre, espero muchos likes👍 y me encantas❤”.

Los muchachos se miraron unos a otros sin entender a qué se refería el Señor, hasta que se percataron de que la humilde tuca se había transformado en un largo y grueso porro y que la plazoleta ya no olía a paraguayo prensado en su presencia sino que abundaba el aroma de deliciosas flores.

Al volver a mirar hacia el Señor, ya solo lo vieron cruzando la calle y dirigiéndose al dueño del puesto de panchos: “Convidadme de lo que tenéis ahí, que se viene un bajón que solo Dios sabe”.

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