Desempleado

Cuando volví en mi, me vi mirándome fijamente a los ojos. No estaba frente a un espejo sino frente a una vidriera. El escaparate mostraba televisores LED de diferentes tamaños y calidades, de Full HD a 4K, planos y curvos, de 42 a 70 pulgadas. Las marcas, casi todas orientales. Capté sin duda la ironía: tantos píxeles de alta definición, con colores vivos y profundos, pero en realidad la escena era toda gris. El blindex devolvía fantasmalmente mi reflejo, y a él es a quien yo miraba penetrantemente a los ojos.

Se intuía bajo ellos mi nariz, un poco ladeada a la derecha y la barba candado entrecana un poco descuidada. De pronto recordé por qué estaba allí: me había refugiado de la intemperie. Grandes gotas de lluvia caían por fuera de ese techo de lona que cubría parte de la vereda, y el viento azotaba con un poco más de fuerza a cada minuto.

La leve noción de que no tengo alma parecía desprenderse de esa mirada. Una tímida chispa de remordimiento.

Eso me ayudó a reconocer donde estaba. Las calles de Asunción, tan pobladas durante el día, se encontraban ahora semidesiertas. Aunque, se debe admitir, que con la cortina de gotas de lluvia poco y nada se podría adivinar más allá de los autos que pasaban cada espaciados minutos por la calle.

Los televisores seguían, llenos de luces pero mudos, del otro lado de la vitrina. El único sonido era el ruido blanco de la lluvia e intuí que fue eso lo que me hizo perder conciencia en primer lugar. Llevaba en la mano derecha los restos de un diario ABC Color que, por puro romántico, compré a la mañana temprano, arengándome, diciéndome que el día en principio podía ser como cualquier otro y que solo me permitiría que mejore.

Lo sé. Sé que hoy en día se encuentra trabajo, para un contador como yo, a través de LinkedIn, redes de contactos o hasta Clasipar. Que se envían los currículums por mail y que te entrevistan siempre por teléfono antes de recibirte en sus oficinas. Pero yo, un poco por estar fuera de ritmo en esto de buscar trabajo y otro poco por salir de casa para no sentirme un inútil, sigo comprando el diario con la intención de marcar los clasificados y llegar a las oficinas que ofrecen empleo.

Desde luego, llevo el Smartphone en el bolsillo, ya no para fotos ni temas personales, y desde allí hago llegar a las casillas de mail correspondiente el PDF con el detalle de mi hoja de vida, sin embargo sigo apareciendo en esos locales.

Me gusta ver sus fachadas, sus recepciones. Intuir el orden o desorden de la compañía según se escuchen alborotos o susurros en sus dependencias. Me gusta pedir un café mientras espero y empezar charlas triviales con personas que entran o salen o esperan a la par que yo alguna otra cosa. Me gusta apretar la mano de los y las gerentes cada vez más jóvenes de Recursos Humanos. No me molesta la frase “lo estaremos llamando”, aunque sí las miradas de sorpresa que normalmente lanzan a mi pelo gris, cuando me saco el sombrero. Sé que muchos lo juzgan de otra época.

Tendría que estar jubilado, y lo sé. Y tengo las condiciones para estarlo, probablemente. Pero mi profesión es mi vida. No quiero sentirme muerto. No puedo sentirme muerto.

Recuerdo que hoy ha sido un día duro mientras vuelvo la mirada a mis ojos en el vidrio, ha sido duro porque cada vez salen menos clasificados en el diario. La mañana que arrancó tan cálida tornó a fresca y gris hacia el mediodía y me encontraba lloviendo a mares a primeras horas de la noche.

Ha sido un día duro porque el “lo estaremos llamando” solo lo cumplieron desde casa, pidiéndome, rogándome que vaya. Que comparta, que me despida. Que Luisito es mi hijo, que tengo que estar en el crematorio. Ha sido un día malo, pero hay que seguir remando.

De apariciones y aparecidos

Amanece de nuevo en el monte. Un día como cualquier otro. Los mismos desafíos y las mismas imágenes: la tez cobriza del indio, el sol fulgurante que se cuela entre las copas de los árboles, la suave melodía del guyra hovy, el tintineante correr del arroyo y la tímida hediondez de las hojas húmedas descomponiéndose sobre la tierra roja.

Sigilosamente el indio se acerca al arroyo para conseguir algún pacú desprevenido cuando, de pronto, la visión de la que tanto hablaban en la tribu se le aparece enfrente. Lo que más le llama la atención es el tipo de cabellera que la aparición tiene: encrespado. Tan diferente a las lacias cabelleras de él y sus compañeros y compañeras. La piel de la aparición era oscura, más que las de ellos, tanto que irremediablemente le viene a la cabeza la idea de la noche. Noche que contrasta con algunos vellos blancos que emanan del mentón del sujeto y que se confunden también entre el cabello negro crespo.

No importa el índole de la aparición, el gesto es casi universal: una amplia sonrisa se dibuja en el rostro de ambos, casi al instante.

El indio sabe que intentará inútilmente comunicarse. Si hasta le cuesta hacerse entender con los ancianos de la tribu, esto sería todavía más difícil. Simplemente señala con los dedos que se acerca al arroyo, que está desarmado (al menos contra apariciones) y que, sea lo que sea, se siente cómodo.

La aparición amplía aún más la sonrisa y en sus pómulos, ahora tensos y brillantes, se dejan ver manchas. Pequeñas pecas de tal vez medio tono más oscuras que la tez general.

“Puedo entenderte, aunque pienses que no” dice con voz firme, casi de barítono, la aparición dirigiéndose al indio en la lengua de éste. “Habla, que te escucho” y se señaló una de las orejas, la derecha, en cuyo lóbulo brillaba ahora un pequeño arete, reluciente.

Sorprendido, el indio exclama algo verdaderamente ininteligible. “¿Con que problemas fonoaudiológicos? Sea”, dice la aparición y chasquea los dedos. Inmediatamente el indio empieza a sentir un ardor en la garganta, como si hubiese tomado alguna de esas aguardientes que una vez intercambiaron con otros nómadas: la chicha.

El indio carraspea, escupe, lo intenta de nuevo. Habla. ¡Habla! Pero no da las gracias. Sale corriendo desesperadamente hacia la aldea, reparando apenas en la aparición y gritando en su lengua “¡Es Tupä, me devolvió la garganta, ahora se me entiende, la aparición es Tupä!”.

Entonces Morgan Freeman deja los ojos por un instante en blanco y, con un nuevo chasquido, se desvanece en un pequeño espectáculo de humo.

El milagro de la plaza

En aquellos días el Señor, tras haberse deleitado con melodiosas armonías tritono, emprendió una suave caminata hacia la plaza del pueblo. Allí vio, tal como lo esperaba debido a su omnisciencia, a un grupo de jóvenes que, sentados de manera dispar sobre canteros y piedras, pasábanse los unos a los otros una tuca que habrían rescatado de no se sabe dónde.

Con infinita bondad el Señor aproximose a ellos y díjoles: “hermanos, convidad de eso que tenéis allí al Hijo del Hombre” a lo que los jóvenes respondiéronle “Salí, gato, que te yenamo’ de plomo”. Con la infinita bondad antes mencionada, el Señor repuso: “Rescatensé, loco, que llamo a la yuta”. Los jóvenes, entonces, al mirarlo a los ojos quedaron prendados de la incomparable belleza de esos cabellos largos, la barba varonil y la firme voz que habíalos amenazado segundos antes. Pasaron al señor la tuca. El Señor, luego de una seca, devolvioles la gentileza diciendo: “Id y compartid las maravillas del Hijo del Hombre, espero muchos likes👍 y me encantas❤”.

Los muchachos se miraron unos a otros sin entender a qué se refería el Señor, hasta que se percataron de que la humilde tuca se había transformado en un largo y grueso porro y que la plazoleta ya no olía a paraguayo prensado en su presencia sino que abundaba el aroma de deliciosas flores.

Al volver a mirar hacia el Señor, ya solo lo vieron cruzando la calle y dirigiéndose al dueño del puesto de panchos: “Convidadme de lo que tenéis ahí, que se viene un bajón que solo Dios sabe”.

Monotonía

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Mirando calle abajo claramente se ve el río, cortando el horizonte en la línea oscura que lo separa del cielo. Un poco más acá, la costanera. Reluciente de asfalto, baldosa y exceso de sol de diciembre. Dejando la mente en blanco por un instante pueden percibirse inclusive las refracciones a la luz que devuelven esas baldosas en el vaho de la humedad que asciende de nuevo a las alturas. Prendas de algodón y protectores solares recomendaron desde los noticieros matutinos para recorrer el centro de Asunción, en el cual el calor amplifica los olores de una ciudad que en estos años se ha puesto tan sucia. Bolsas de residuos sin recoger de la noche anterior allí, en la esquina, y el abrumador ruido de los colectivos pasando a toda velocidad y dejando su rastro de humo negro aportan el último componente del desesperante día a día en la capital del Paraguay.

Habría que sumar las casi cuatro horas de viaje diarias, desde las afueras del área Metropolitana. Más de una hora y media de ida en el 43. En promedio, lo mismo de vuelta. Todos los días. Cada día. Ganarse el pan. Aguantar los viajes, casi siempre sintiéndose una lata de sardinas, dentro de los mismos colectivos que luego intoxican con su ir y venir y ese humo, siempre negro. Durante el viaje también intoxican, pero con música tropical. Cada día.

Mirando a través de la ventana todo esto —bien, mirando explícitamente calle abajo, pero componiendo el resto de la escena mentalmente—, Lucía Martínez iba haciéndose la idea (consciente) de que su vida era esa e iba a seguir siéndola por un tiempo indefinido. Pestañeó fuertemente dos veces, como para intentar salir de la ensoñación, y continuó con la sencilla pero rutinaria tarea por la cual le pagaban en ese local.

Giró la cabeza hacia el monitor y comprobó que todas las hojas del documento se hayan digitalizado correctamente, una por una, girando la ruedita del mouse hasta el infinito o el hartazgo, lo que ocurriese primero.

Un nuevo lote de archivos estuvo disponible y, con seguros ademanes, Lucía colocó las hojas en el escáner. Con las manos nuevamente libres,  la atrajo una vez más la eternidad de la calle y el río y el calor y la sobreexposición de las luces bajo el calor de veranoinvierno.

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El motivo

La bola le picó larga. Iniciando el enésimo pique del partido, a los 42 minutos del segundo tiempo. Estoy seguro de que en ese momento Rovira tenía dos objetivos en la cabeza. El primero era alcanzar la pelota antes de que salga de la cancha por el lateral derecho (porque al saque de arco no llegaba con esa parábola). El segundo era mandar a la recalcada concha de su madre al 2, que con tremendo bochazo, más que complicar a la defensa contraria, se la hacía más difícil a él, teniendo que ir a buscarla a la posición del 7. Siendo él un centrodelantero. Con talento, pero centroforward a fin de cuentas.

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