Monotonía

20150816_121310

Mirando calle abajo claramente se ve el río, cortando el horizonte en la línea oscura que lo separa del cielo. Un poco más acá, la costanera. Reluciente de asfalto, baldosa y exceso de sol de diciembre. Dejando la mente en blanco por un instante pueden percibirse inclusive las refracciones a la luz que devuelven esas baldosas en el vaho de la humedad que asciende de nuevo a las alturas. Prendas de algodón y protectores solares recomendaron desde los noticieros matutinos para recorrer el centro de Asunción, en el cual el calor amplifica los olores de una ciudad que en estos años se ha puesto tan sucia. Bolsas de residuos sin recoger de la noche anterior allí, en la esquina, y el abrumador ruido de los colectivos pasando a toda velocidad y dejando su rastro de humo negro aportan el último componente del desesperante día a día en la capital del Paraguay.

Habría que sumar las casi cuatro horas de viaje diarias, desde las afueras del área Metropolitana. Más de una hora y media de ida en el 43. En promedio, lo mismo de vuelta. Todos los días. Cada día. Ganarse el pan. Aguantar los viajes, casi siempre sintiéndose una lata de sardinas, dentro de los mismos colectivos que luego intoxican con su ir y venir y ese humo, siempre negro. Durante el viaje también intoxican, pero con música tropical. Cada día.

Mirando a través de la ventana todo esto —bien, mirando explícitamente calle abajo, pero componiendo el resto de la escena mentalmente—, Lucía Martínez iba haciéndose la idea (consciente) de que su vida era esa e iba a seguir siéndola por un tiempo indefinido. Pestañeó fuertemente dos veces, como para intentar salir de la ensoñación, y continuó con la sencilla pero rutinaria tarea por la cual le pagaban en ese local.

Giró la cabeza hacia el monitor y comprobó que todas las hojas del documento se hayan digitalizado correctamente, una por una, girando la ruedita del mouse hasta el infinito o el hartazgo, lo que ocurriese primero.

Un nuevo lote de archivos estuvo disponible y, con seguros ademanes, Lucía colocó las hojas en el escáner. Con las manos nuevamente libres,  la atrajo una vez más la eternidad de la calle y el río y el calor y la sobreexposición de las luces bajo el calor de veranoinvierno.

Sigue leyendo

La celda

16890_367330673351121_1183304052_n

La luz del amanecer era muy tenue, sin embargo, al ingresar por el mínimo hueco rectangular que hacía las veces de ventana en lo alto del muro nororiental, parecía iluminar en forma desmedida la húmeda celda en la que se encontraba Natalio. No había dormido nada esa noche tampoco al igual que las últimas cuatro. De hecho, había vuelto a su celda hacía no más de treinta minutos, fatigado y desvelado.

Sigue leyendo

Cábalas

manos viejas

Todas las cábalas, todas. Porque el no poder estar ahí para patear la pelotita no significa que no se pueda hacer nada. Que se deba estar ausente del trámite, del desarrollo, de la balanza que genera el desequilibrio.

Todas las cábalas porque algo hay que hacer con esa taquicardia, con la picazón en las yemas de los dedos, con el sudor frío que nunca empieza a salir de los poros, con el movimiento inconsciente pero acompasado de la pierna izquierda al ritmo de una deformada canción popular devenida en aliento.

Sigue leyendo

Angustia paterna

359770_173824_1

Hijo mío, te estás poniendo mayor, estás creciendo, y es momento de que tengamos esta charla. Es verdad, a veces es difícil abrirse, y más aún cuando uno ha tenido que pasarse la vida poniendo el lomo y sufriéndola en silencio para salir adelante; primero por uno mismo y luego por la familia que ha sabido conseguir con aciertos y errores, pero la familia de uno al fin.

Te juro que varias veces, desde que me enteré de que ibas a venir al mundo, ensayé en mi cabeza esta charla. Es difícil de encararla, tengo que admitir que, si se está dando ahora, es porque la revelación que nos hiciste anoche a tu madre y a mí, no hizo más que encender esa alarma, oprimir el disparador de la necesidad de aclarar estos tantos.

Sigue leyendo

Notas

PIC_0001

Notas, tomar notas. Necesito tomar notas”. La obsesión, marcada por una directiva tan simple, era demasiado profunda como para que pasara desapercibida. Además de la voz en su cabeza, Belén tenía en su apariencia ciertas cosas que la delataban en su frenética manera de vivir. Varias biromes en la cartuchera, siempre azules. Todas. Con las cuales garabateaba todo el tiempo, dando un tinte azul celeste sobre los cuadros rojos, rosados y blancos alternados del forro que cubría su carpeta, la misma que le regalaron cuando iniciaba el cuarto grado.

Sigue leyendo