De apariciones y aparecidos

Amanece de nuevo en el monte. Un día como cualquier otro. Los mismos desafíos y las mismas imágenes: la tez cobriza del indio, el sol fulgurante que se cuela entre las copas de los árboles, la suave melodía del guyra hovy, el tintineante correr del arroyo y la tímida hediondez de las hojas húmedas descomponiéndose sobre la tierra roja.

Sigilosamente el indio se acerca al arroyo para conseguir algún pacú desprevenido cuando, de pronto, la visión de la que tanto hablaban en la tribu se le aparece enfrente. Lo que más le llama la atención es el tipo de cabellera que la aparición tiene: encrespado. Tan diferente a las lacias cabelleras de él y sus compañeros y compañeras. La piel de la aparición era oscura, más que las de ellos, tanto que irremediablemente le viene a la cabeza la idea de la noche. Noche que contrasta con algunos vellos blancos que emanan del mentón del sujeto y que se confunden también entre el cabello negro crespo.

No importa el índole de la aparición, el gesto es casi universal: una amplia sonrisa se dibuja en el rostro de ambos, casi al instante.

El indio sabe que intentará inútilmente comunicarse. Si hasta le cuesta hacerse entender con los ancianos de la tribu, esto sería todavía más difícil. Simplemente señala con los dedos que se acerca al arroyo, que está desarmado (al menos contra apariciones) y que, sea lo que sea, se siente cómodo.

La aparición amplía aún más la sonrisa y en sus pómulos, ahora tensos y brillantes, se dejan ver manchas. Pequeñas pecas de tal vez medio tono más oscuras que la tez general.

“Puedo entenderte, aunque pienses que no” dice con voz firme, casi de barítono, la aparición dirigiéndose al indio en la lengua de éste. “Habla, que te escucho” y se señaló una de las orejas, la derecha, en cuyo lóbulo brillaba ahora un pequeño arete, reluciente.

Sorprendido, el indio exclama algo verdaderamente ininteligible. “¿Con que problemas fonoaudiológicos? Sea”, dice la aparición y chasquea los dedos. Inmediatamente el indio empieza a sentir un ardor en la garganta, como si hubiese tomado alguna de esas aguardientes que una vez intercambiaron con otros nómadas: la chicha.

El indio carraspea, escupe, lo intenta de nuevo. Habla. ¡Habla! Pero no da las gracias. Sale corriendo desesperadamente hacia la aldea, reparando apenas en la aparición y gritando en su lengua “¡Es Tupä, me devolvió la garganta, ahora se me entiende, la aparición es Tupä!”.

Entonces Morgan Freeman deja los ojos por un instante en blanco y, con un nuevo chasquido, se desvanece en un pequeño espectáculo de humo.

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