Engaño

Las puertas se cerraron y ella entendió que todo había acabado. Suspiró como dejando atrás hasta el aire de aquella vida y bajó a la calle a esperar un taxi. Caminó unos metros por la calle adoquinada, casi lustrosa, hacia el sur. El viento, con el aroma salado característico del mar, acarició su rostro despeinando levemente sus cabellos sueltos. Allí ella volvió suspirar ya bastante más tranquila viendo el vehículo amarillo que iba llegando para transportarla.

Él había quedado tras esas puertas. En realidad, tras tres juegos de puertas y media docena de pisos que salvaban un ascensor.


El taxi recorrió dos cuadras de adoquinado hacia el norte hasta salir a la avenida principal, giró a la derecha y aceleró. Las instrucciones que ella le había dado al taxista eran simples, pagando por adelantado: “lléveme hasta donde me alcance el crédito”. Con el sol posándose a sus espaldas, sobre la avenida, ella se permitió volver a pensar en el asunto. Lo que tenía herido era principalmente el orgullo.

Él, varios kilómetros atrás, tirado en el sofá del departamento, parecía mucho más deshecho que ella, bañado por los rayos del sol que ingresaban por el ventanal.

El taxi se detuvo en un semáforo, esquina de plaza, y le permitió a ella ver a través de la ventanilla dos criaturas que jugaban en un sube y baja. Esto logró que su mente se aparte de los acontecimientos recientes y se transportara a su infancia, tan simple, tan feliz. El tirón del vehículo nuevamente en movimiento la sacó de su breve ensoñación en cuanto el semáforo se puso verde.

Él no tenía manera de distraerse y las lágrimas empezaron a rodar y perderse entre los hilos del tapizado del sofá. No lo vio venir, no la vio venir, y ahora por una estupidez estaba todo terminado. ¿Cómo iba a imaginárselo, además? El día, los días, venían siendo absolutamente normales. La vida en pareja no era más difícil de lo que hubiera imaginado. Y todo mejoró desde que consiguió el trabajo desde su casa, desde su propia PC gamer.

Ella volvió a sentirse herida, asqueada, con un odio procesando por dentro con reminiscencias de un odio previo, anterior, mucho más destructivo y doloroso, nacido en la adolescencia. Nacido en su propia casa de familia. Un odio mutado desde la sorpresa y también desde el asco. Un odio venido de una situación casi calcada, pero el protagonista había sido su padre.

Él se sentó para poder tomar aire. Supo que era el fin desde el momento exacto de lo ocurrido, porque ella le había contado una noche, luego de dos botellas de vino blanco, la historia de su padre, la sorpresa, el asco, el estupor y el odio. Nuevamente lo atacó la angustia, y le salió a borbotones la vergüenza de verse reflejado en lo que ella más odiaba.

Cuando el taxi pasaba por debajo de un puente, ella pudo articular la primera frase sobre el tema, aunque haya sido para sí misma: “Soy una imbécil. Yo, que pensaba darle una sorpresa volviendo antes”.

Él volvió a pensar en que no la vio venir. ¿Por qué habría decidido faltar a las clases que daba los jueves por la tarde en la facultad? ¿Por qué se vino para el departamento si no era parte de su rutina? Mirando hacia el ordenador, su espacio de trabajo y entretenimiento en el nido de amor que habían construido juntos recibió una respuesta. Solo escuchó la voz de su conciencia, extrañamente personificada en la voz de su madre: “Masturbarse está mal”.

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