Su lugar en el mundo

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Bruce despertó de pronto, exaltado y bañado en sudor, en medio de la noche. La oscuridad era norma en su cuarto, pero su tez oscura resaltaba sin dudas sobre las sábanas blancas, dejando adivinar los brazos bien formados gracias a las gotas brillantes de transpiración nocturna. Se podía intuir en la oscuridad que su rostro era de terror, a pesar de lo negro de la noche, en las cuencas de la cara donde alojaba los pequeños ojos cafés. Su cabello crespo —con canas casi al cien por ciento— coronaba la frente, brillante también por el reflejo del sudor que le provocó la pesadilla de la cual se acababa de despertar así de agitado.

Tragó en seco, intentando dominar la respiración, como esperando el instante en que pudiera sentirse seguro de estar en ésta, su realidad, y no en aquélla. Se sentó en la cama. En ese momento, Bruce estiró desde su torso la camisilla que llevaba puesta y con parte del cuello de la misma se enjugó el sudor que sentía cada vez más cargado en la frente. Alargó la mano izquierda hacia la mesita de noche, buscando el paquete de Marlboros que había apenas abierto antes de ir a acostarse. Abrió la cajetilla y, con los dedos algo temblorosos, colocó un cigarrillo en su boca dispuesto a encenderlo con el Zippo de toda la vida. El aroma del tabaco quemándose le dio esa cuota que le faltaba para poder terminar de relajarse.

Bajó el cigarrillo encendido en el cenicero de cerámica que tenía también en la mesita de noche y se dispuso a levantarse, mientras exhalaba el humo de la primera pitada. Era verdad que todo eso no había aún abandonado su cabeza, pero ya se sentía lúcidamente despierto. El momento del terror había pasado. Comprendió que era el cuestión de tomar una acción o no volvería a dormir tranquilo en toda su vida.

Se calzó las pantuflas y, ya de pie, volvió a tomar el cigarrillo que estaba consumiéndose en el cenicero para darle una nueva pitada y volver a dejarlo. No encendió ninguna luz, no hacía falta despertar a su mujer si ha no se había despertado ya con su agitación. El momento de confusión había pasado. Simplemente debía poner manos a la obra.

Con pasos medidos Bruce se acercó al placar de madera de pino con finas terminaciones. Sacó del estante a la altura del pecho de la primera puerta el teléfono celular y lo encendió, tapando con los dedos el altavoz ya que recordaba que al apagarlo no lo había dejado en silencio y el aparato emitía el característico sonido al encenderse, el tono tan asociado a su marca de fabricación.

Sintió la vibración de las ondas sonoras estrellándose contra la yema de su dedo y supo que podía, en segundos más, realizar esa llamada.

La notificación de un nuevo email retumbó en la oscuridad de la habitación sin que Bruce pudiera evitarlo. No había aún puesto el teléfono en «vibrador», pero, para su tranquilidad, ese estallido sonoro no había inmutado el sueño de su mujer. «Ronca, sin dudas», pensó para sí y —por fin— puso el celular en modo «silencio».

Se reconcentró nuevamente en su problema y, frunciendo el entrecejo, marcó el número de teléfono al que debía llamar.

Ocupado. Qué raro. El número al que llamaba era un teléfono celular también, así que intentó nuevamente.

Y de nuevo, ocupado.

Empezando a ofuscarse, Bruce resopló por lo bajo. Se aproximó a la ventana del cuarto y corrió las cortinas mientras la tenue luz de la ciudad allá «abajo» se introducía apenas al cuarto. Admiró a la ciudad como otras veces desde su trigésimo noveno piso.

Nunca deseó tener que vivir allí en Chicago, pero las circunstancias lo obligaron a pasar los últimos dos años en esa ciudad. Ciudad que, resuelto el tema que lo tenía allí despierto a las tres de la mañana, podría cambiar por los paisajes del sur que él tanto amaba y de donde nunca se hubiera querido ir. Pensar por un momento en el aroma dulce de su pueblo natal en el estado de Misisipi, Lumberton, le dibujó una sonrisa franca en la boca. Bruce se sintió una vez más allí, su lugar en el mundo.

Miró la pantalla del celular para intentar llamar una vez más, cuando tuvo el impulso de revisar el email que había recibido. En los siguientes cuarenta y cinco segundos todas sus ilusiones de volver se vinieron abajo.

Allí, a más de ochocientas millas de distancia de su hogar, Bruce comprendió que ya era demasiado tarde, que no había reaccionado a tiempo… que estaba solo. Y en la oscuridad de su habitación, en bóxer y camisilla, sin testigos que lo acrediten, Bruce se sentó en el borde de la cama y amargamente lloró.

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