A llanto vivo

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Con bastante dificultad se las amañó para estacionar sobre Pettirossi, en pleno Mercado Cuatro (y entre puesto y puesto fabricado a base de containers) el Mercedes Benz de su jefe. A pesar de la experiencia que da tener años al volante, esas nuevas construcciones que bloqueaban parte de la calzada hacían que Saúl debiera esforzarse un poco más que antes para quedar bien acomodado en aquella avenida tan transitada de la capital paraguaya. Lo que sí permanecía igual para lograr su cometido era la vista gorda que hacía el policía dedicado a custodiar ese cruce de calles.

Saúl había que en aproximadamente veinte minutos su patrón concluiría su rutina. Primero bajaría del coche, luego haría lo que condenadamente hace cada martes y volvería a subir al vehículo para dirigirse a su residencia en la zona del barrio Trinidad, pero…

La puerta trasera izquierda del Mercedes se abrió y el patrón de Saúl deslizó un pie sobre la acera, se incorporó levemente de lado, terminó de salir del vehículo y cerró la puerta. Se abotonó con la mano izquierda sobre el prominente abdomen el saco negro con pequeñas rayas verticales grises que lucía impecable sobre la camisa blanca impoluta con los dos primeros botones desabrochados. Los anteojos RayBan oscuros en contraste con la semicalva pálida le daban un tinte serio a un rostro ovalado y regordete, sonrosado por el golpe de calor que sintió al bajar del auto.

Con un porte seguro de sí mismo, el jefe de Saúl se internó entonces (y como de costumbre) a la semipenumbra de los estrechos pasillos del mercado para continuar con la mencionada rutina de los martes.

Tardó menos de lo que Saúl esperaba. En tan solo cinco minutos el jefe estaba de vuelta, aunque parecía bastante ofuscado. Abrió la puerta, se subió rápidamente y la cerró de nuevo, con mayor vehemencia que la habitual. Saúl, que al verlo llegar ya había puesto nuevamente en marcha el coche, puso la luz de giro hacia la derecha para indicar que salía y…

—¡Esperá! —oyó desde atrás, la grave voz de su patrón.

—¿Señor? —contestó

—Esperá —la respuesta final.

El gordo jefe de Saúl presionó el botón del levantavidrios eléctrico para bajar su ventanilla solo hasta la mitad.

Resopló y luego hizo, con el dedo índice derecho, la universal seña del “ven aquí”. Saúl sintió asombro y profundo asco de una sola vez, una cachetada para su moral y su empatía. Una rebeldía que al momento se transformó en tristeza.

Del oscuro pasillo del mercado salió una delgada figura, algo harapienta y de pies descalzos. Piel trigueña de tener que pelearla día a día, de su ascendencia indígena y también por lo descontinuado en la posibilidad de darse un baño. Aquella figura se encaminó hacia el auto con sus no más de nueve o diez años. Le abrieron la puerta desde adentro y, con visible temor, subió al coche.

—A Lambaré, te aviso adónde— escuchó Saúl de la boca de su jefe antes de que este empiece a cerrar el vidrio oscuro que podía dividir la cabina del conductor con la de los pasajeros del asiento trasero del Mercedes.

La desilusión, el dolor, la repugnancia, todo junto. Un minuto después, Saúl dirigía el coche a llanto vivo, hacia el destino que le había marcado su patrón.

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