Giménez, a secas

Sin título

El reloj marcó las doce y Pablo Giménez, “Pablito” para los muchachos de la oficina, se dispuso a cerrar la agenda, contar el dinero y prepararse. El cansancio físico natural se encontraba disimulado muy bien por la dosis de cafeína que se había acostumbrado a ingerir en estas últimas semanas.

Contador de día, en la oficina. Cajero-dependiente de servicentro, al caer el sol. De nueve de la mañana hasta la medianoche —con un ligero intermedio de cinco y media a seis de la tarde— Pablo Giménez (“Giménez”, a secas, en el servicentro y solo por teléfono) se dedicaba a producir lo que necesitaba para vivir. Era “Giménez”, a secas, pero él sabía que su segundo trabajo era aún más importante que el primero. Insultos (y tal vez varias vejaciones) soportó “Giménez”, a secas, pero valía la pena.

El día de Pablito en esas últimas semanas se iniciaba ligeramente más tarde que en épocas anteriores. El despertador no cumplía del todo su función y él debía ahora apurar un poco el baño matutino para recuperar esos minutos extras de sueño que había añadido. El café quedaba para el momento de bajarse del tren, cuando le quedaban seis cuadras a recorrer a pie hasta el edificio, viejo pero remodelado, en el cual ejercía la profesión conferida por su título universitario. No dejaba que la amargura y la depresión lo devoraran. Eso quedaba para Giménez, a secas.

Pablito llegaba siempre puntual, nueve menos cinco frente a su escritorio y empezaba. Nunca nadie había tenido problemas con él. Recibía las facturas siempre con la media sonrisa característica que le conferían sus labios finos. Y si debía rechazarlas, añadía un ligero brillo triste a los ojos grises, como disculpándose.

A las cinco en punto, sin falta, salía para su casa. Excepto en estas últimas semanas, en las que, en lugar de ir a la estación, se empezó a dirigir hacia el lado opuesto de la calle. Los treinta minutos le daban de sobra para caminar las catorce calles, llegar al servicentro y cambiarse la ropa, a fin de tomar su puesto detrás del mostrador.

Dentro del uniforme de camisa blanca y delantal rayado en blanco y rojo, solo podría adivinarse al Pablito de la mañana si se prestase atención a su perfil, siempre perfecto y sin una sombra de barba, y también a su frente, delineada por la costumbre de fruncir el ceño durante análisis y más análisis de casos.

El reloj marcó las doce con un minuto y en la cara de Giménez, a secas, se dibujó una sonrisa como la que nunca se vio en la cara de Pablito. Recorrió los metros que lo separaban de la puerta de acceso al servicentro. Apagó la luz, salió, giró las dos vueltas de llave y se dirigió a su mujer, a la que ya había visto a través de las ventanas:

—¿Llegó?

—Sí —dijo ella—. ¡El niño consiguió donante! Pero es Manuel Rodríguez, el hijo del vecino —se largó a llorar—. Sé que no te cae muy bien don Rodríguez, pero es una tragedia. Le dispararon. En la cabeza —más sollozos— Lo declararon muerto ni bien llegó al hospital. ¡Pero es compatible! El trasplante será por la tarde, al final es una bendición. Era un chico demasiado sano, deportista…

En ese punto ya se hacían inentendibles las palabras de la mujer de Pablo Giménez. Y él mismo se encerró en sus propias cavilaciones.

Ya no debía volver a ser “Giménez”, a secas, por su hijo. “Pablito” volvía para quedarse. Estaba hecho. El sicario cumplió exactamente en la fecha pactada.


Ilustración http://www.funcio.com/

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