Tres historias reales de ejemplares reales en este día del libro

libros-viejosUna manera de Homenajear a todo lo que tiene que ver con el libro y lo que lo rodea sería -seguramente- hablar de grandes autores o grandes títulos o grandes reflexiones desprendidas de la gran literatura que tenemos en el acervo cultural más importante que pudo acumular el ser humano.

Desde este humilde espacio simplemente queremos hacer llegar tres mínimas historias reales vividas alrededor de ejemplares de ciertos libros de -tal vez- poca importancia en el acervo que comentamos arriba, pero que pueden marcar una vida en cuanto al relacionamiento con la lectura y del libro más que nada como concepto.

-I-

Tengo hasta ahora el recuerdo de un libro que, antes de aprender a leer, le pedía a la señorita de jardín de infantes “La tortuga Florencia” que nos lo leyera en la hora de lectura. Era un ejemplar finito, a todo color, en cuya portada se podía distinguir un león antropomorfizado con dientes relucientes en una sonrisa pícara. Se lo pedí por bastante tiempo, pero siempre leía alguno que elegía ella misma o le sugería algún compañerito.

Una mañana de junio la seño accedió a leer mi pedido empezando, por supuesto, por el título: “El cazador cazado”. No puedo olvidar la sensación de decepción al terminar de oír el cuento. No podía creer que había esperado tantos meses para escuchar esa historia tan sosa y aburrida. Además de aprender —sin haberlo oído antes— que a un libro no hay que juzgarlo por la portada, decidí que debía independizarme para no andar perdiendo tiempo cada vez que quisiera leer algún libro.

-II-

Otro recuerdo que tengo en mente tiene que ver con el inicio de la escuela, en primer grado. Ya había empezado a leer a mediados del año anterior (preescolar) y quise tomar la oportunidad de empezar la primaria para leer cosas nuevas. Le pedí a mi maestra me recomendase un libro. Me prestó uno que contenía un cuento del cual ahora se me escapa el título. Hablaba sobre un pato que de miedo metía siempre la cabeza bajo el agua. Tenía seis años, y esa lectura me decepcionó bastante. Creo que mi maestra me subestimó, y se lo dije. Su respuesta, un par de días después, fue regalarme una agenda. No, no una Moleskine. Pero creo que se entiende su intención.

Señorita: Gracias.

-III-

Un evento más, teniendo en cuenta recuerdos que recorren muy lejos del camino los típicos de la emoción con “El Principito” y clichés similares (que, sí, también los viví).

En la estantería del departamento que teníamos junto a casa en Buenos Aires (allí vivía una tía mía con su familia hasta que se mudaron durante el primer lustro de los ’90) había un libro forrado con papel araña azul, con bastante polvo acumulado encima. Siempre me llamaba la atención, ya que tenía posibilidad de mirarlo de vez en cuando, cada vez que pasaba por allí. Podía ser para jugar con los autos Boogie a pila (recuerdo en un cumpleaños me regalaron tres, uno azul, uno rojo y, mi favorito, uno verde militar) o para patear la pelota en el patio —que hasta ahora no puedo definir si era trasero o delantero.

El misterioso cuaderno de forro araña azul me esperaba allí siempre. Los libros esperan, es así, y cuando supe que íbamos a mudarnos a Asunción y tuve que llenar una caja (1/4 de grande de la original) con mis juguetes preferidos para llevarlos, tuve el impulso de ir por el libro, allí, en la estantería.

Traje una silla hasta debajo de la misma y me trepé. Lo tomé sintiendo, por fin, en los dedos la rugosidad del diseño de las telas de araña que tenía el dichoso forro azul. Lo abrí. Unas hojas amarillentas decían “Cuentos del Mentiroso” —Fernando Sorrentino, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1978 (Faja de Honor de la S.A.D.E. [Sociedad Argentina de Escritores]).

Con una rara sensación de felicidad lo guardé en la caja para volver a verlo casi seis meses después a mil quinientos kilómetros de mi hogar anterior. El libro al que luego le saqué el tan mentado forro araña azul fue mi primer amigo en la tierra extraña, con niños extraños en una escuela extraña con horarios y costumbres extrañas.

Las cosas cambian, aquí no soy ya un extraño, pero el gusto por perseguir historias contadas desde un papel se mantienen.

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Un comentario en “Tres historias reales de ejemplares reales en este día del libro

  1. “Esas pequeñas cosas” de Serrat , irian excelente con tu relato, por mas que esas cosas no estaban ni en un papel ni en un cajon …sino guardadas en tu memoria…Yo le agregaria el libro de Blancanieves que aprendiste de memoria….letra por letra, coma por coma y que les leias con tus escasisimos casi dos años a quien quisiera oirlo.Junto al libro de Dumbo, que aprendiste a leer con un cassette….uhhh, pero que viejos estamos.fuiste desde siempre amigo de los libros parece.

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