Tren 131 a Seattle

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Se despidió con la mano y un ligero gesto de la cabeza, no quería llamar demasiado la atención. Dio un cuarto de giro sobre sus talones hacia la izquierda y, sujetando con mano firme el bolso de viaje, inició la caminata que lo llevaría a través de la puerta del local hasta el andén.

Sus negros zapatos italianos brillaban en evidente contraste con la madera opaca del piso de la estación.

El pitido del tren llegando se oyó, a lo lejos todavía, en el mismo momento en que los zapatos se detenían cerca del borde del andén.

Sacó la mano libre del bolsillo izquierdo del sobretodo gris. Una mano que podía adivinarse caliente por el tono rosáceo que coloreaba el dorso de la misma. Hurgó entre los bolsillos internos del saco y extrajo el pequeño atado de cigarrillos.

—¿Usted subirá al 131 a Seattle?

Al oír estas palabras —en un tono autoritario y una voz ronca— pensó que no podría mirar sobre el hombro. Con la cara más amable que pudo preparar dio media vuelta y respondió con una gran sonrisa:

—En efecto, estoy ansioso de volver al hogar.

—Le aconsejo, entonces, que no encienda el cigarrillo —le replicó la voz, igual de ronca pero con un tono más amable, del guarda—. El tren no tardará más de un minuto en estar aquí y no le será permitido subir con él.

—De acuerdo, gracias —respondió con la mano aun sujetando el paquete cigarrillos.

Intentó torpemente (por efecto del sobretodo bastante apretado) devolver la cajetilla a su sitio anterior, pero los nervios poseyeron sus movimientos en cuanto, al volver a la posición anterior, vio al oficial que lo venía siguiendo desde hace horas preguntar a otras personas en el andén por él.

La confusión volvió a su cabeza como hace pocas horas antes, cuando empezó la especie de carrera de resistencia en la que se encontraba metido y que había olvidado un poco al tomar una copa en el local de la estación.

Sabía que lo estaban siguiendo, sabía que estaban cerca, aunque los agentes no tuvieran una descripción adecuada de a quién perseguían. Y sabía muy bien que la única salida de aquel pueblo era vía tren para quien no contase con coche propio. Y sabía que ellos sabían lo mismo.

Intentó mantener el mismo rostro afable que utilizó con el guarda. Al cabo, el tren tardaría menos de un minuto, le dijeron. Pero la espera le parecía eterna.

Le pasaban, de pronto, por los ojos, las visiones que tuvo al realizar aquello. Lo hizo, sí, fue algo horrible, pero fue al mismo tiempo lo que le dictó el instinto y el placer.

Antes que en ese día nunca pensó que pudiera hacer semejante daño a una persona, y sin embargo lo hizo. Las imágenes se le volvían confusas por la misma confusión propia de una mente que tomó tal decisión.

Siguió esforzándose por mantener el buen porte pero en su rostro se hacía más y más evidente la descompostura. Y el tren podía verse ya más cerca, pero en la perspectiva de su mente los separaba aún un espacio infinito.

Los agentes se iban acercando, preguntando, consultando a las personas que aguardaban en el andén (quienes, por cierto, nada sabían; varias señoras mayores gritaron horrorizadas al entender por qué buscaban al fugitivo) sobre el malvado y huidizo extraño del pueblo.

Y las imágenes volvían confusas. Volvía también la ginebra desde las entrañas hasta la garganta, acompañada de un sentimiento de culpa mayor al que había sentido jamás.

Se tapó la boca con la manga del sobretodo gris a fin de contener la culpa y que no saltara al opaco piso del andén en forma de alcohol regurgitado. Empezó, además, a rezar pidiendo que el tren llegase ya.

Mucho más cerca ahora, la locomotora se veía ingresar a la estación, estaba a tiro de piedra, pero, con la paulatina disminución de la velocidad, estiraba a límites insospechados la flexibilidad tiempo-espacio en contra de las necesidades del silencioso prófugo.

La culpa golpeó de nuevo, pero no tanto como para que el hombre de los zapatos oscuros y brillantes se acercara por su propio pie hacia el tren —y hacia su perseguidor al mismo tiempo—.

«¿Qué habrá pasado con la mujer? ¿Seguirá sufriendo aún o…?» le preguntaba una ahora su conciencia. «Soy una persona horrenda», sentenció, para sí mismo. «Su familia me querrá muerto».

Los agentes se encontraban ya a contados metros cuando el primer vagón del 131 a Seattle se detuvo, con un ligero chirrido, frente al desconocido de sobretodo gris, bolso de viaje, zapatos negros relucientes y rostro aceitunado, como enfermo.

Rápidamente subió las escaleras y se acomodó en el cuarto asiento del vagón hacia la ventanilla del lado del andén. Semioculto por la cortina y con ambos brazos alrededor de su bolso de viaje, apretó la nariz contra el vidrio para ver el movimiento de los agentes, quienes continuaron con su búsqueda entre las personas del andén.

El tren dio un pitido que pareció más un ronco mugido y empezó a ponerse en movimiento lentamente. Los golpecitos contra la vía se sentían a un ritmo cada vez más veloz mientras la locomotora iba acariciando los últimos metros del andén.

En menos de un minuto más el escenario de tanta tortura psicológica, de tanto nervio, de tanta adrenalina había quedado muy atrás. La estación era una mancha en el horizonte que solo podría verse desde el último vagón de la mole de hierro.

Igualmente la culpa no dejó al hombre del sobretodo gris bajo el cual ocultaba un frac impecablemente presentado en perfecta combinación con los brillantes zapatos italianos negros. La culpa no lo dejó, pero al mismo tiempo se regocijó en un sentimiento de alivio.

Acomodado en su asiento, no dejó ni un momento de pensar «Soy una persona horrenda, su familia me querrá muerto, dejé a Dana frente al altar», hasta quedarse dormido en la oscuridad de su renovada soledad.■

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