Angustia paterna

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Hijo mío, te estás poniendo mayor, estás creciendo, y es momento de que tengamos esta charla. Es verdad, a veces es difícil abrirse, y más aún cuando uno ha tenido que pasarse la vida poniendo el lomo y sufriéndola en silencio para salir adelante; primero por uno mismo y luego por la familia que ha sabido conseguir con aciertos y errores, pero la familia de uno al fin.

Te juro que varias veces, desde que me enteré de que ibas a venir al mundo, ensayé en mi cabeza esta charla. Es difícil de encararla, tengo que admitir que, si se está dando ahora, es porque la revelación que nos hiciste anoche a tu madre y a mí, no hizo más que encender esa alarma, oprimir el disparador de la necesidad de aclarar estos tantos.

Estamos en una sociedad que, hoy por hoy, parece darnos carta libre para todo. Con el asunto de la globalización, las ideas extranjeras (a nuestro país, pero, por sobre todo, a nuestra idiosincrasia) y hasta esta moda que todavía no termino de entender del hypsterismo, vivimos siendo bombardeados con un montón de información; abriéndonos, supuestamente, los ojos a todas las posibilidades que existen sobre este tema, tan profundo, tan de base en la vida de una persona.

No, esperá, que yo también fui joven. También pasé, digamos, por varios momentos en los que me creí dueño y sabedor de todo. Me sentí inmortal (a veces aún lo siento) pero en la infancia en que me tocó crecer y en la adolescencia en que me tocó decidir, todo era mucho más fácil. En serio, hijo, de verdad te digo que ahora hay demasiada información como para que cualquiera, a tu edad, se confunda, se extravíe.

Y esa infancia, esa adolescencia más simple, fue importante para que yo no tuviera dudas de cómo son realmente las cosas. La verdad es esa: las cosas son simples, están en la naturaleza. Están hasta en la lógica; sabés como pienso yo, el inodoro va al baño y la heladera en la cocina.

Eso de ir y volver, discúlpame, pero es una gansada. Estamos hablando una de las cosas que deben colaborar a tu felicidad, que es el motivo por el cual estamos acá, viviendo. Con esto no se puede, no se debe probar. Esta charla tendría que ser un trámite pero con esa actitud que estás poniendo se complica (y seguirá complicando) cada vez más.

¡Prestame atención, no seas así! Hijo, ¿vos sabés el dolor que causa en el corazón de un padre lo que nos dijiste? Claro que te quiero y te voy a seguir queriendo, ¡sos mi hijo! Pero no puedo evitar el dolor, sobre todo porque me doy cuenta que lo tuyo no es algo real, estás confundido, confundido… Imaginate, anoche estuve pensando mucho en cómo nos fuimos llevando todos estos años, intentando repasar si algunas de las actitudes que he tenido yo, o algunas acciones, pudieron motivar todo esto que nos contaste, esas sensaciones y sentimientos que me decís que recorren tu cuerpo, pero que yo no puedo comprender, no lo puedo entender. Encima no encuentro influencia desde ningún lado de la familia, ni de la mía, ni la de tu madre. Todos los hombres de nuestro entorno son normales; con sus cosas, muchos de ellos, pero normales.

No lo puedo entender, hijo. Es más, ¡no lo puedo creer! ¡¿Cómo, a tus trece años, te vas a hacer hincha del Borussia Dortmund, si vivimos en Buenos Aires?!

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2 comentarios en “Angustia paterna

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