Notas

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Notas, tomar notas. Necesito tomar notas”. La obsesión, marcada por una directiva tan simple, era demasiado profunda como para que pasara desapercibida. Además de la voz en su cabeza, Belén tenía en su apariencia ciertas cosas que la delataban en su frenética manera de vivir. Varias biromes en la cartuchera, siempre azules. Todas. Con las cuales garabateaba todo el tiempo, dando un tinte azul celeste sobre los cuadros rojos, rosados y blancos alternados del forro que cubría su carpeta, la misma que le regalaron cuando iniciaba el cuarto grado.

Tomar notas sobre las blancas hojas de la carpeta. Gracias a Belén se podría tener la oportunidad de ver una bic consumida en su totalidad. La tinta nunca se les llegaba a secar a las biromes que caían en las manos de ella, simplemente se acababan. En una época utilizó los bolígrafos con tinta de gel, más caros y de trazo más fino, pero no le rendían. En menos de dos meses se le acababan y no había nada que irritase más a Belén que se terminara la tinta de su birome.

Notas en los cuadernos, pero también en los libros. Belén estaba programada para dejar registro hasta del menor detalle que pudiera comentar el profesor en clase. Notas en la mano, que transcribía apenas podía, notas hasta en los márgenes de las páginas de dictado en Lengua.

El bloc de notas y el post-it, se convirtieron en sus amigos (las biromes eran su familia); ya que, además de las notas que tomaba en la escuela, quiso tomar nota de cada una de las ideas que le surgieran y le pareciera relativamente nuevas.

Tomó notas. Siempre. De todo. Kilómetros y kilómetros de tinta azul garabateada en forma de símbolos que representan fonemas en idioma castellano. Kilómetros de letras que, en perspectiva, parecieran más un mar. De conocimientos, de anécdotas, de cuestionamientos. Un océano de sabiduría registrada en letra manuscrita, ondeando con el pasar de las cientos, miles, de hojas escritas en tres lustros. Desde aquél cuarto grado en el que la obsesión afloró más por necesidad que por instinto, pasando el resto de la primaria, toda la secundaria y los —a la vez ligeros y esforzados— años de la facultad.

Desde el curso mismo de ingreso que todos la habían catalogado ya de bicho raro. Estudiando siempre (imaginaban sus compañeros) sólo por el hecho de que tomaba notas de absolutamente todo. Belén no era estudiosa, no lo necesitaba. Su pasión por dejar registro de todo la había ayudado en su vida académica, no necesitaba estudiar demasiado. El sentarse frente a un examen escrito era de lo más sencillo que debía afrontar, dejaba que su muñeca y su bic se explayaran en cada punto, en cada pregunta. ¡Cuantos puntos extras logró obtener con sus notas al margen, acotando, profundizando…!

Belén, recibida ahora de periodista, podrá seguir tomando notas por el resto de sus días. Ella pensaba esto mientras entraba al rectorado, bastante ruborizada por cierto, para decirle a la secretaria:
—Necesitaría una copia nueva de mi título. Lo retiré ayer, pero, sin querer, anoté en él la dirección del taller de enmarcado…

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