Un café memorable

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El sol poniéndose podía adivinarse tras los edificios de la contraesquina. En la mesa del café, sobre la vereda, dos almas amantes se contaban mutuamente los acontecimientos del día que se iba. Los faros coloniales dispuestos cada veinte metros empezaron a encenderse, dándole el toque romántico a Calle Palma, a esta hora semidesierta y con muy pocos vehículos circulando. La suave brisa, venida desde la Plaza Uruguaya, dibujaba formas diversas, contorneadas, con el humillo que se elevaba desde sendas tazas de café, uno negro, el otro cortado.

Acompañaba, además, el clima templado de un septiembre que no terminaba de dar paso a la lluviosa primavera paraguaya. Un septiembre que parecía embelesado por el inicio de una nueva relación amorosa, floreciente y benigna para nuestros personajes, que ahora se toman delicadamente de las manos, mirándose a los ojos y sonriendo, como posando para un invisible fotógrafo.

—Les dije a los muchachos del fútbol que no podía ir hoy por un asunto personal. La última vez que falté fue porque de un pisotón me habían roto el dedo chiquito. La verdad es que quería verte y pasar el jueves tranqui

—¡Ay, pobrecito! ¿Se te curó enseguida? ¿Tuviste un buen servicio de enfermería esa vez?

La charla seguía por los carriles triviales, pero intentando tomar, en cuanto fuera posible, la colectora que la dirigiese a la autopista de los sentimientos.

—¡Qué linda estás hoy! —dijo él, acercando su mano derecha al rostro de ella y tomando con los dedos índice y pulgar suavemente la zona lindante a la comisura de los labios.

—Gracias —dijo ella entrecerrando los ojos y permitiendo que se le ruborizaran las mejillas. No por vergüenza, por cierto. Era una reacción que tenía bastante bien entrenada.

Ella puso su mano derecha sobre la izquierda de él, que había quedado sobre la mesa, al lado del platito con una medialuna a medio comer. Entreabrió, además, la boca con una sonrisa que volvió a mostrar al mundo sus blanquísimos dientes.

Él adelantó el torso y fue acercando su rostro, por encima de la mesa, al de ella, pero la punta de su corbata a diagonales negras y azules fue a caer justo sobre su taza de café, haciendo que él vuelva a sentarse e —insultado entre susurros— intentar secar esa mancha sin que se dañe también la camisa, aunque la corbata estuviera estropeada.

Ella empezó a reír y eso, para él, lo pagó todo: corbatas tenía muchas, esa risa valía mucho más.

—¿Qué te pasó? —articuló, entre mal disimuladas carcajadas, ella. Él no pudo más que contagiarse de esa risa.

—Bueno, son cosas que pasan, no te rías —respondió, también entre carcajadas.

Segundos pasaron para volver al silencio. Ella, igualmente, mostraba en los ojos esa chispa, ese brillo de quienes están divertidos y a gusto.

Tin-tin, tin-tin.

Ella abrió su cartera y sacó el teléfono celular.

—Mensaje de mamá —declaró—. Me pide por favor que vaya ya para casa —añadió luego, con un dejo de melancolía.

—¿Te acompaño?

—No, gracias. Tomo el taxi acá a la vuelta —contestó ella mientras se ponía de pie. Él lo hizo también, justo a tiempo para que ella lo tome por el cuello con su mano izquierda y le diera un beso en la mejilla derecha, muy cerca de la boca; y otro en la izquierda, todavía más cerca. Él sintió nuevamente de cerca esa fragancia, mezcla del perfume (que usaba ella) y suavizante de ropa (que utilizaba la madre de ella).

—Chau —dijo él, sonriendo.

Tras dar media vuelta, ella se dirigió a la esquina y en cuatro pasos estuvo en posición de doblarla y perderse sobre la calle que subía. Él la vio alejarse, con la fragancia aun retumbándole en el cerebro.

Allí mismo se quitó la corbata, sacó el teléfono celular del bolsillo y se volvió a sentar. Mientras miraba la pantalla del teléfono, sujetándolo con la mano derecha, con la izquierda le hizo un ademán al mozo. Este se acercó, presto, a retirar los cubiertos utilizados. Sin esperar a que el mozo terminara, nuestro galán iniciaba una conversación telefónica: “Hola, bebé, acabo de salir de la oficina. Estoy acá, en el café ¿te espero? Sí, hoy no fui con los muchachos porque quería verte, quiero pasar un jueves tranqui…”, estiró la mano dentro de la mochila y extrajo de la misma una limpia y sedosa corbata a diagonales negras y azules. La otra la tiró directamente a la basura.■

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4 comentarios en “Un café memorable

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