La buena acción de Navidad

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Terminó de leer una vez más “La niña de las cerillas” y un escalofrío le recorrió la espalda, los brazos y las manos, hasta las yemas de los dedos. Afuera, tras la ventana, los copos de nieve, densos, caían tupidamente formando una cortina blanquecina contra el fondo negro, balanceándose de un lado al otro a merced del viento, frío y cambiante.

Miró hacia el termómetro colgado en la pared y rápidamente se percató de que el mismo marcaba una temperatura inferior a la que se congela el agua en el refrigerador, según le habían enseñado en la escuela. “¿Sería la misma temperatura la que congela el lago?”, se preguntó, recordando que el año pasado, en un día claro pero frío, le habían llevado a patinar sobre la superficie helada del lago al cual hacía referencia. Recordó, también, la cantidad de abetos con nieve en sus ramas que podía ver desde allí, patinando. Árboles de Navidad reales. Nada de las miniaturas de plástico que tenía en su casa, adornado solamente con listones rojos y dorados de pies a cabeza y con la estrella del vértice como único punto llamativo. ¡Qué fiasco ese arbolito!

Una ráfaga de nieve y viento golpeó contra el cristal de la ventana, sacándole de sus quejas y haciéndole pensar nuevamente en la niña del cuento. Apretó el libro, que aún conservaba el olor a nuevo, a tinta, contra su pecho intentando imaginarse cómo sería el frío que te hiciera doler los pies. ¿Más frío que el que congela los cubitos en el refrigerador? ¿Más frío que el que congela un lago? Claro. Contra ese frío ni una ni cincuenta cerillas harían nada, acaso sí te quemarían. Pero lo que la niña debía hacer es volver a casa con papá. El papá no le pegaría, razonó, era la noche víspera de Navidad.

Su joven corazoncito dio un brinco ¡hay tantos niños en la calle! Los podía ver siempre, cada vez que iba con su padre al estadio o acompañaba a su madre de compras al centro de la ciudad. Esos niños existían, eran reales y no de cuentos. Andaban flaquitos y con poca ropa. En la escuela lo comentó una vez y uno de sus amiguitos le había confiado que la mayoría eran niños sin padres que se escapaban del orfanato porque era como una cárcel. ¡Tantos niños que estarán teniendo frío, el mismo frío de la niña de las cerillas!

Con el corazón alborotado tomó la decisión. No se lo diría a nadie, lo haría por sí mismo. Lo tenía todo allí, dentro de su casa, y esos niñitos no tenían nada.

En silencio, dejó el libro sobre el sillón que da a la ventana y se deslizó fuera del dormitorio. Bajó en puntas de pie los dieciocho escalones sin descanso que componían la escalera que daba al estar. El silencio era cortado ahora sólo por el crepitar de los leños encendidos en la chimenea. Hasta la densidad de los copos de nieve había disminuido junto con el viento, lo que le daba mayor seguridad de poder ejecutar lo planeado sin miedo.

Con pasos cortos y silenciosos logró llegar, sin hacer ruido, hasta la cocina donde se dispuso a tomar lo que había venido a buscar. Para esos niños de la calle, para que pasasen una feliz Navidad. Abrió y cerró varios cajones y alacenas de la cocina hasta quedar satisfecho con el botín recogido. Con la misma cautela fue ahora hacia la puerta de servicio, la que daba al callejón, justo entre su casa y la del vecino. Corrió el cerrojo y luego la llave. Entreabrió despacio la puerta para que no entrara el viento, pero no era necesaria tanta previsión, ya que el mismo se había apaciguado por completo y la nieve caía lentamente, como si el tiempo se hubiese detenido.

Sintió nuevamente el escalofrío, pero ahora desde los pies. No supo en ese momento si era el frío que se le colaba a través de los calcetines que tenía puestos como única protección de los pies o por la emoción de estar realizando una buena acción.

Por fin, suspiró profundamente, bajó el paquetito de velas y volvió a entrar a su casa. No se preocupó por las cerillas: los niños seguramente tendrían.■


Imagen extraida de Panoramio.com, usuario Chus L.

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