Susto a tiempo

SUSTOATIEMPO

Sé que cuando me pongo a explicar algo me torno insoportable, así que voy a tratar de contarlo de la manera más sencilla que me sea posible.

Yo salía de la cancha, había ido a ver al Rojo después de un par de años. Una semifinal de Sudamericana en 2010 había sido la última vez, con el turco Mohamed, le ganamos a los negros de la Liga de Ecuador 2 a 1. Y mirá que esa vez ya pensaba “puta madre, siete Libertadores y ahora andamos festejando llegar a una final de Sudamerigarcha”. No, pará, ¡no es que sea amargo! Pero ponete en mi lugar viejo, yo que llegué a ir a la cancha en los ochenta no me iba a imaginar jamás que podríamos estar festejando llegar a una final de copa de estas. Nosotros no somos como los bosteros que festejan cualquier cosa. Tampoco somos cagones como las gallinas que tienen que agradecer a Dios y a la Virgen llegar a una puta final, somos el Rojo, el Rey de Copas.

Sí, me desvío, perdón. Fui porque intuí que podía pasar algo histórico. No, no hablo de eso, sino de que podía haber una goleada de esas de antaño, con el triple G del ganar-gustar-golear con toques, gambetas y todo lo que nuestra estirpe supo generar en más de cien años de historia futbolística. Esa estirpe, decía yo, iba a aparecer en ese día que finalmente sería decisivo, que sería un punto de quiebre, una bisagra como dicen algunos periodistas pelotudos. No se dio, lo admito. Bueno, es de dominio público, pero yo salí de la cancha como toda la gente que estaba allí: decepcionado, triste, muerto por dentro, pero para nada enojado ni cabreado. Enojada estaba la gente que hizo volar las sillas en la asamblea, che. “Enojadas” habrán estado las gallinas que quemaron su propia cancha. Nosotros, yo, a pesar de la tristeza venía tranquilo, salí tranquilo.

Había hecho ya como nueve o diez cuadras y venía pensando en mi viejo, en qué me diría si estuviera vivo. Tantos años pasamos juntos en ese barrio. Él era nacido en Avellaneda, yo no, pero mamé desde chiquito. Era de Racing. El viejo se me fue sin ver a esos muertos salir campeón después de cuarenta años, y se me fue, por suerte, mucho pero mucho antes de ver al Rojo en la B. ¡Cómo me habría gastado el viejo! Y ahí nomás asocié con el pelotudo de González que tanto había roto las bolas en la oficina. El hijo de puta, como buen hincha de Racing, de fútbol no agarra nada aunque vaya siempre al inodoro ese tan cerca del Libertadores de América. ¡Qué tipo forro González! ¡Todo lo que me había descansado esa semana previa para qué se lo cuento! ¡Y lo que iba a ser el día siguiente, por Dios! Y ahí nomás me agarró la bronca, dentro de la cabeza lo tenía a este tipo riéndose y armando frases pseudofutboleras totalmente desubicadas. ¡Si el tipo no sabe ni lo que es un marcador de punta! “Te vas a la B, te vas a la B” me decía, en la mente, el pelotudo de González moviendo el fantasmita recortado de papel pegado en la parte de atrás de su monitor.

Yo no escuché ni una sola vez el “eh, amigo. Eh, amigo” que los testigos declaran que me dijo González antes de agarrarme del hombro para darme vuelta, pero les juro que, aunque lo vi con esa sábana blanca tapándolo por completo, con dos agujeritos para ver, y le escuché la risa de burla en la boca, el tiro se lo pegué del susto y no de bronca por el descenso del Rojo.

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