Objetos de comercio

Tienda

Abdul estaba algo nervioso. Sentía como empezaban a condensarse las primeras gotas de sudor en su frente amplia. Las cejas, totalmente canosas y bastante pobladas (aunque sin llegar al extremo de fundirse en una sola), se veían movidas de su posición habitual a raíz de un fruncimiento de entrecejo a medio camino. La aceitunada piel de Abdul, aún con pocas arrugas, contaba igualmente la historia de los últimos sesenta años, de lo vivido en la actual centuria y de lo pasado durante la segunda mitad del siglo XX.

Ocurre que Abdul era comerciante. Lo tenía en la sangre. Su padre fue comerciante también; y su abuelo, mercader. Y el padre de su abuelo. Y el bisabuelo de su padre. Y así seguramente se podría llegar por línea genealógica al inicio de la edad media. Sus antepasados de tal época eran pastores, pero trazas de aquel sacrificado oficio no quedaban ya ni en su tradición ni en su genética.

Abdul estaba algo nervioso y también algo preocupado. Sostenía el pequeño objeto entre unas manos temblorosas que él mismo no reconocía. Cientos de cosas habían pasado por sus manos debido a su actividad diaria, muchas de ellas valiosas, pero ninguna le había generado aquella reacción.

Como ocurre muchas veces, Abdul había sido avisado de la visita que recibía en ese momento, sin embargo, nada podía prepararlo para recibir el impacto que acusó al percatarse de lo que tenía ante sí. Es cierto: segundos antes, el hombre que se había acercado a su negocio le había dicho qué era lo que le traía, pero Abdul no había llegado a sopesar las palabras e interpretar la implicancia.

Sosteniendo aquello, entonces, en sus manos, Abdul no necesitó siquiera amagar con tomar la lupa con la que observaba con detalles los objetos de tal índole. Todo estaba más que claro y a él no le quedaba la menor sombra de duda.

Cuando sintió que los dedos se le empezaban a humedecer por la repentina transpiración, bajó el objeto sobre el aparador de vidrio que tenía frente a sí. Mantuvo el silencio por algunos segundos, quería recomponer la cara de póquer que acostumbraba utilizar en estos casos, pero sabía que había exteriorizado de manera evidente su sorpresa, nerviosismo y preocupación por lo que le habían entregado para que examinase.

– ¿Querés vendérmelo, verdad? – dijo Abdul, en castellano pero con el acento característico de la zona de la triple frontera. Por supuesto que sabía que sí, de otro modo no vendrían a él, pero fue lo primero que pudo articular tras cerciorarse internamente de que mantenía la compostura.

– Para eso se lo traigo, don, porque necesito la plata. Pero sabe que esto es bastante caro.

– No tanto, no tanto, hay poca plata circulando. Difícil vender de nuevo muy caro estas cosas.

– Pero, don, yo sé que esto es para usted, que usted no va a pensar en venderlo de nuevo.

– Lo que yo quiera hacer, vos no sabés– contestó Abdul, totalmente vuelto a tomar su papel de negociador argel.

Quedaron nuevamente en silencio por algunos segundos. Abdul sentía como le palpitaban los oídos. La necesidad de saberse dueño y poseedor de aquello que descansaba sobre el aparador de vidrio lo hacía respirar a un ritmo superior al de costumbre.

– Diez mil dame – dijo el hombre

– Diez mil reais ya es mucho.

Reais no, verdes. Dólares, don.

Abdul sabía que el intento fue infantil pero el instinto lo obligó a no dejar de intentarlo. Miró por la pantalla del circuito cerrado que no hubiera mucha gente en el pasillo mientras bufaba por lo bajo. Aquello que había querido íntimamente durante los últimos treinta y un años estaba materializado allí, en su propio local, y sabía que el monto solicitado no estaba por encima del valor emocional para él. Respiró profundamente. Finalmente pudo más su lado emocional que el racional. Pasó treinta segundos a la trastienda y al volver solo dijo:

– Diez mil. Acá tenés. Gracias.

El hombre contó rápidamente el dinero intentando que no lo vean desde afuera, lo enrolló y lo metió en el bolsillo pequeño de su pantalón de jean. Dio media vuelta y sin decir adiós salió por la puerta de calle.

Abdul se encontraba ahora a solas, todavía con el objeto con el que había soñado tantas noches sobre la mesada transparente del vidrio limpio. La última vez que había sentido algo semejante, en cuanto a intensidad al menos –mas no en el tenor de la emoción– fue cuatro años atrás, cuando falleció su esposa. El bullicio en la cabeza de Abdul fue bastante similar en ambos casos. Tras el impacto de la realidad, la confusión y poca claridad de lo que le devolvía el mundo externo.

Se acercó a la puerta para cerrarla y llavearla. Cerró, además la persiana. Se había quedado en su intimidad, sola y definitiva. Los recuerdos de su esposa empezaron a acribillarlo internamente y unas lágrimas muy saladas empezaron a correrle por las mejillas desde los ojos que se habían hinchado rápidamente en el recorrido mostrador-puerta de calle.

Revivió, con angustia, muchos de los momentos de su matrimonio. Los felices y los duros. Los de trabajo y los de disfrute. Y los recordaba con angustia porque sabía que le había fallado, que ella ahora ya no estaba, y que la oportunidad de redimirse le había llegado demasiado tarde. Cuatro años tarde. Y había esperado la oportunidad desde el invierno de 1983. Aquel mismo año en que le falló.

Con el dolor desangrándolo en su punto máximo, Abdul tomó en una mano el objeto y en la otra su calibre 38, que siempre tuvo bajo el aparador, pero para defenderse. Su índice rodeó el gatillo y Abdul se voló ahí mismo la cabeza. Fue en búsqueda de su mujer al paraíso, con el puño aferrado al anillo de compromiso de ella, el que tuvieron que empeñar en aquel frío invierno tres décadas atrás.

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5 comentarios en “Objetos de comercio

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