Empedrado

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– ¿Ves, hijo? Todo esto, en donde ves asfalto, antes era empedrado.

– Sí, papá.

– Yo era joven, no estuve cuando lo inauguraron. El empedrado ya era viejo entonces, no sabría decirte con exactitud, pero si no cuarenta, al menos treinta años antes se habrá habilitado.

– ¿Y ya pasaban tantos colectivos en esa época?

– Cuando se inauguró no sé, no creo. En la época que te cuento yo, que lo caminaba, solamente una línea lo recorría.

– Ah…

– Pero todos esos negocios no eran tales, eran todas casas. Casas, casas, casitas, baldíos. Miento, allá en la esquina del Súper sí había ya una despensita. Y en los años en que tenía que recorrer estas cuadras ya se iban armando algunos de los negocios que hay ahora: creo recordar cuando abrió allí una peluquería. Y cuando abrieron aquélla gomería. ¿Para qué? No sé. Casi no pasaban autos tampoco por acá. Bueno algunos, siempre los mismos.

– Que bueno pa, pero ¿por qué me traes acá? Hablándome así, parecés administrador de Asunción de Antaño.

– Es que –se ruborizó– me dieron ganas de contarte una historia. A tu edad, justamente, tuve que patear este empedrado muchas veces, y hay veces en las que pienso que el empedrado este tuvo mucho que ver con el resto de mi vida. Al menos hasta ahora.

Padre e hijo caminaron en silencio por la vereda, hasta llegar a la placita. Padre recordaba que anteriormente no tenía tanto pasto, pero sí más árboles. Hijo mantenía la compostura, pero no estaba entusiasmado, quería sacar el iPhone de puro aburrido.

A pesar del horario, muy cerca del mediodía, y de la disminución en la espesura de la arboleda, la placita seguía siendo igual de fresca. Tal como padre la recordaba. Los rayos de sol se colaban en muy baja cantidad a través de las hojas de los árboles, dejando puntos luminosos muy brillantes en el caminero de canto rodado, el pasto recortado cuidadosamente y los bancos de madera pintados hacía poco. Padre recordaba esos mismos bancos pero descuidados, escritos con birome y liquid paper (o corrector, como lo llamaban), veinte años atrás. Eligieron uno de ellos y se sentaron, permanecieron en silencio algunos segundos más, hasta que hijo reinició la conversación.

– Qué linda está la placita, pa. Lindo haber crecido acá, jugando a la pelota o lo que sea.

– Seguro, pero yo de niño no la conocía, recién al iniciar el bachiller, a los doce, la conocí. Con los compañeros no habremos venido más de tres o cuatro veces en seis años acá para jugar fútbol. Para eso íbamos a una canchita que se alquilaba, para el otro lado del colegio.

– Ah… – el muchachito intentaba, con todo, no demostrar el desinterés.

– Pero en esta placita, o mejor dicho, en este empedrado –dijo mirando la calle, treinta metros hacia adelante–, la pasé muy bien a tu edad. Pensando y meditando solo, o recordando y comentando situaciones del día con compañeros y amigos. Amigos que me quedaron para siempre. No. No me hablo con todos ellos hasta la actualidad, pero esas amistades, esos momentos, son eternos. Es lo que quiero compartir contigo hijo. No quiero que te pierdas mirando la pantalla del telefonito todo eso. Esto ya no es un empedrado, pero sé que vos podrás encontrar también el tuyo.

»Porque como te dije, en soledad uno podía simplemente mirar al suelo mientras caminaba, dejar pasar bajo los pies los distintos tonos de gris, algún que otro marrón y muy ocasionalmente algún violeta y pensar en el presente y en el futuro, aclarar ideas y disfrutar del momento único en una etapa en que, yo sé, todos quieren ser únicos.

– Papá –el chico ya no se contenía– no te enojes, pero lo que me contás es aburrido.

– ¿Es aburrido si te cuento que me gustaba ir por acá también para saludar a las chicas que salían a tomar tereré en la vereda? Fresquitas, sonrientes y en shorcito.

Entonces el ruborizado fue el hijo. Soltó el celular que tenía agarrado dentro del bolsillo, se frotó las palmas de las manos que se le habían humedecido por el sudor repentino y trató de ahogar una risita idiota. Las hormonas lo habían delatado, quedó mirando a su padre, prestándole mucha atención.

Los ruidos de los vehículos que circulaban en el empedrado convertido en asfalto por el paso de los años, hicieron entonces imposible escuchar los detalles de la charla, ya que padre bajó el tono de la voz y también el volumen de la misma para seguir con las confidencias. Secretamente esperaba que el empedrado le diera un amigo más para toda su vida. Lo último que se alcanzó a oir, de lejos, fue “…además, así conocí a tu mamá”, y la aceleración del ómnibus en la esquina, tras dar verde el semáforo, terminó de ahogar la conversación para quienes no fuesen ellos mismos.

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