El lado sensible

kiss

Aai guana raquenrol olnaaai, an parti everidei.

El pogo estaba en su momento más violento y Roberto empezó a patear culos a diestra y siniestra. Empujones, gritos y mordidas. Gotitas de cerveza por el aire y aroma a porro fuerte terminaban de componer el ambiente, en el que retumbaba en el pecho el bajo de Simmons y las estrofas de la vida rockstar interminable.

¡Estaba ahí, carajo! En su propia tierra, y con desenfreno disfrutaba de todo aquello para lo que estaba preparada su felicidad adolescente. Sabía que nunca antes –y nunca después– estaría tan vivo como en ese mismo momento.

Una impresionante cantidad de clásicos, varias de las baladas que habían enamorado ya a una generación y esa puesta en escena característica estaba siendo disfrutadas por él en el 2012 soñado para cualquier rockero paraguayo.

Había esperado con las ansias con las que solamente un fan de verdad podría hacerlo. Desde el día en que se confirmó el recital había apartado el dinero para la entrada. No se iba a arriesgar de ninguna manera a tener que intentar conseguirla en último momento, o tener que oírlos desde lejos, desde Eusebio Ayala. Tuvo que hacerlo con Guns un año antes y no estaba para nada dispuesto a que la historia se repitiera en éste, su concierto.

Aai guana raquenrol olnaaai

Las manos le temblaron cuando tuvo entre sus dedos el ticket, su pasaporte a la eternidad. Lo guardó entre uno de sus cuadernos en el cajón de la mesita de noche de su habitación para que espere, entre sus anotaciones y letras, las semanas que los separaban del encuentro cumbre.

Pocos días antes de EL día, le surgió una duda, al observar una nota en el noticiero: ¿se pintaría la cara? Ni siquiera lo había pensado en el principio, pero ahora lo corría por las venas la necesidad imperiosa de portar en el ojo la estrella de Stanley. ¡Tenía que hacerlo!

Sacó del fondo del placar esos vaqueros que no usaba desde aquella noche escuchando música en vivo desde la avenida porque se quedó sin entradas. Las botas –que aquélla vez no se había puesto por encontrarse extraviadas– fueron liberadas del polvo exterior que habían acumulado para ser nuevamente calzadas. Luego, la camiseta de siempre. Ya no era negra, sino gris muy oscuro (de tanto uso y de lavadas a fondo para sacarle los olores de concierto), pero las cuatro letras se podían interpretar inequívocamente. Esa prenda lo había acompañado a prácticamente todos los conciertos sin saber, en ninguno de ellos, que ambos iban a tener la posibilidad de vivir lo de aquella noche.

…an parti everidei!!

En medio, todavía, del pogo se quebró. Le surgió el llanto que no le había vuelto nunca desde que era un niñito. No era de tristeza ni de angustia. Era felicidad, felicidad pura que brotaba allí mismo entre todo el gentío. Se quebró como la guitarra que rompieron en el escenario. Se quebró cuando el cuerpo grandote de su hijo mayor se le trepó al cuello con los brazos gordos y le gritó al oído con voz ronca de tanto cantar y fumar esa noche: “¡Felices cincuenta años, viejo!!”

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2 comentarios en “El lado sensible

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