Sombras chinescas

manocontraelsolMe gusta hacer sombras chinescas. No soy muy bueno pero me esfuerzo, sobre todo por sentirme un aficionado de verdad. No me salen realmente bien más que el perro ese feo, de una sola palma y la paloma.

En mi caso, intento hacer formas nuevas cada vez que tengo un momento libre. Puede que sea mientras espero a Javi, mi hijo, salir de la escuela y hay un sol radiante, entonces lo hago al aire libre.

O cuando espero a que salga del baño del motel a la señorita con quien me veo cada jueves luego de la oficina. En ese caso, tras haber bajado al mínimo indispensable todas las luces, enciendo el flash del celular y voy practicando, aunque solo con una mano, también las nuevas adquisiciones –tal vez un hombre de nariz gruesa, tal vez un delfín– aunque, ya lo dije, no soy demasiado bueno, y la chica no tarda demasiado tampoco.

Hay veces en las que en medio de la redacción de un informe urgente –en el bufete los informes siempre son urgentes – me descubro a mí mismo armando una jirafa o un tapir utilizando la luz de las lámparas como materia prima y un memo que ha quedado sobre el escritorio como escenario. Me ruborizo un poco y luego continúo tecleando.

Por suerte, mi afición por las sombreas chinescas no afecta a mi vida en el día a día como otros hobbies que he conocido en otra gente, tales como seguir a cualquier ciudad en la que juegue a un equipo de fútbol, hacer pesas en el gimnasio o fumar marihuana. O pescar, ¡qué tenebroso eso de pescar! Asustar a un pececito indefenso en el lago solo por deporte y encima, a veces, no devolverlo y freírlo para una cena macabra.

Las sombras chinescas son otra cosa. Son una metáfora de la vida. Es la oscuridad que sale de la luz. Como esa maldad misma de los pescadores –las personas– que hacen interesante el día. Imagínense sólo por un instante que fuera todo perfecto. ¡Qué aburrido! Las sombras chinescas son el entretenimiento del pobre, la alegría de lo simple, la felicidad de poder hacer con tus propias manos y los rayos del sol una mariposa que se mimetice con el ambiente, un halcón volando muy alto tras su presa, una rosa que acaba de florecer o un policía golpeando manifestantes frente al Palacio de Gobierno.

Pueden verlos ahí: los más nobles levantan las cachiporras contra el cielo para caer sobre las espaldas de los revoltosos. Los policías menos nobles sacan los rifles de aire comprimido disparando a discreción balines de goma. Poesía en movimiento. Poesía hecha sombras.

O en casa. ¿Cómo dejar de hacerlo en casa? A Javi les encantan también las sombras chinescas. Aunque casi siempre llora cuando empezamos, yo sé que es porque no me sale la cigüeña, jamás me salió y ya no lo intento más. Por eso cada vez que me toca esperarlo a la salida de la escuela, al verme se le humedecen los ojos y retuerce la boca, como si tuviera pánico.

Además lo hace siempre conmigo, aunque sólo sabe hacer escudos con las manos. Yo, para seguirle el juego, muchas veces hago espadas o mazos, blandiéndolos contra sus escudos. O cinturones. Y ésas son las ocasiones en las que de repente llora, esperando la cigüeña, supongo.

Lo que nunca más intenté con las sombras chinescas es hacer revólveres. Porque, la última –y la única– vez que lo hice tuve que terminar enterrando a mi mujer.

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