Oscuridad y silencio

Oscuridad

“¡Noooooooo!” fue lo último que alcanzó a oír. El rugido –que estaba seguro había salido de su propia garganta, aunque no había sido así– había tomado por completo la habitación oscura en la que se encontraba, empeorando el desagradable cuadro que podía ver a través de sus ojos y sumándose al hedor desprendido de las paredes con notas de sangre, sudor y podredumbre.

El gran trozo de metal puntiagudo símil clavo, penetró, sin que nada lo detuviera, por el canal de su oído derecho, desgarrando al paso la estructura auditiva completa e insertándose sin vacilación en la masa encefálica.

Lo siguiente al agudo dolor que lo embargó fue el mareo y las náuseas, que iban quemando el esófago y luego la garganta, por los dos días sin comer que llevaba hasta entonces.

El único pensamiento que podía lejanamente mantener refería al deseo de que todo aquello termine ya. Y sentía que así sería de un momento para otro.

La otra sensación era la de hambre, el hambre inexplicable que empezó a sentir semanas atrás y que no había desaparecido ni por un segundo, a pesar de haber tenido oportunidad de comer hasta el hartazgo, al menos hasta hace dos días en los que había deambulado sin rumbo y sin dormir, hasta que el olor a sangre lo llevó a donde se encontraba en ese momento. Si ahora no podía pensar por la enorme pieza de acero que tenía insertada en la cabeza, antes no había podido pensar por esa indescriptible hambre, algo más allá de lo natural.

Vomitó, por fin, un poco de sangre muy oscura mientras caía de rodillas al pavimento. Su pecho y su cabeza cayeron de bruces hacia adelante, estampando su rostro contra el suelo. Si su nariz no hubiera estado rota de antemano, lo estaría ahora. Y sus órbitas se fracturaron también, dejando una mancha oscura en el asfalto tras haber reventado.

El tipo que lo había derribado, quien habitaba precariamente aquella oscura pocilga, estaba exhausto del terror. De pie, doblando la cintura y tomándose las rodillas con las manos, se detuvo a respirar por unos segundos a fin de recuperarse del esfuerzo de clavar el trozo de metal en la cabeza del fenómeno. Se limpió con las mangas de la camisa la cara, como pudo, y dio media vuelta para intentar buscar la salida mientras el infeliz al que ensartaron el cráneo se hallaba definitivamente tendido contra el suelo.

Este último, justamente, sintió que todo terminaba por desvanecerse y, aunque extrañamente consciente, siguió esperando el último final. Lo esperó por una hora, por dos, tendido boca abajo en el suelo. Lo esperó hundido en la oscuridad absoluta, la del cuarto y la de sus ojos exprimidos por el golpe de la caída. Lo esperó mientras notaba que a su alrededor el silencio permanecería para siempre. Esperó el final, hasta que el hambre no lo dejó esperar más.

Por donde se había ido el superviviente empezaban a llegar notas de aroma a carne aún viva. Se levantó entonces, como pudo, y salió a buscar nuevamente, entre la oscuridad y el silencio, a quien desprendía ese olor para saciar el hambre que, ahora, era la sensación que todo lo tomaba nuevamente en su ser.

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