Desactualizado

Por Andrés Diplotti @adiplotti

La nave emergió con una limpia maniobra del poco transitado hiperconducto secundario. Tras rodear una bola de hielo, sus dos ocupantes vieron brillar, a no mucha distancia, la estrella central del sistema.

—¿Y? —soltó el mo’e’loc, los alvéolos henchidos de orgullo—. ¿Te dije o no te dije que te iba a traer? Un lugar rústico, pintoresco, lejos del mundanal ruido… ¿Ya estás convencida?

No. La na’utum no estaba convencida. Escrutaba con desdén esa estrellita solitaria que hacía muy poco por impresionarla. Había vistas mucho mejores en cualquier cúmulo globular. Frunció escéptica todos los estomas del lado izquierdo.

—¿Seguro de que es acá? —dejó caer.

—¡Por supuesto que es acá! —respondió el mo’e’loc, como si se hubiera puesto en duda su capacidad de secretar corpúsculos ak’la. De inmediato sacó el mapa y se puso a escrutarlo—. Ahora, el camino al tercer planeta… Eeh…

—¿Por qué no le preguntamos a alguien?

—¡Sé perfectamente cómo leer un mapa! —Cerró defensivamente los zarcillos en torno a aquella placa dorada que había encontrado clavada a un pedazo de basura espacial. Estudió las marcas unos momentos más, y de repente empezó a señalar frenético por el visor. —¡Mirá! ¡Un planeta con anillos, como éste que está acá dibujado! Es el lugar correcto.

—¿Dónde?

—Allá. —Extendió un zarcillo en dirección al espacio. Después ajustó algunos instrumentos de la nave para que se viera con más claridad.

La na’utum miró y frunció todos estomas del lado derecho.

—Mirá —indicó unos signos en el panel de instrumentos—. Parece que hay una instalación en órbita alrededor del planeta. ¿Por qué no nos acercamos y preguntamos?

El mo’e’loc echó vapor por un par de espiráculos, fastidiado, pero encendió el impulso cinético y alineó los vectores en esa dirección. ¿Qué otra salida tenía?

Había un espécimen trabajando en el exterior de la instalación. Estaba envuelto en un material reflectante, pero se distinguía su forma elongada, con un par de apéndices móviles en cada extremo. El mo’e’loc señaló triunfal el parecido con los dibujos de la placa, pero ella no se dejó impresionar.

El espécimen pareció reaccionar a su presencia. La na’utum abrió el transónico para comunicarse con él y notó que, dentro de una burbuja transparente, la criatura abría muy grande una cavidad cavernosa. Debía ser alguna clase de órgano sensorial.

—Disculpe la molestia —dijo—. Mi mo’e’loc y yo estamos buscando un sistema con nueve planetas. ¿Sería tan amable de decirnos si este sistema tiene nueve planetas?

—N…no. Tiene ocho —fue la respuesta, traducida de inmediato por el topogramático.

—Muchas gracias —terminó ella, y cerró el transónico—. ¿Ves? ¿Ves que no era acá?

—Pe… Pero… —El mo’e’loc no acertaba a decir nada. Se rascaba los bulbos encefálicos con todos los zarcillos que no ocupaba en escrutar el mapa. —No entiendo…

—Callate y sacame de acá, querés. Vos y tus mapas que encontrás en la basura. Lindas vacaciones me diste.

La nave se alejó. Poco después, volvió al hiperconducto secundario por la entrada que quedaba detrás de la bola de hielo.


Tomado de el libro Los colores del molusco, de Andrés Diplotti. El contenido está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License. El ebook puede ser adquirido en http://leanpub.com/loscoloresdelmolusco

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