Luna llena en el ocaso

luna-ocasoEl viento cálido del mar caribe hacía flamear trozos de tela colgados, hojas de palmera y el cabello negro de Violette, mientras ella miraba, con un nudo en la garganta, la salida de la luna sobre la playa, dándole la espalda al atardecer.

Ese momento mágico en el que se permitía, cada día, imaginar que todo lo que estaba viviendo era un sueño, una pesadilla específicamente.

Los labios carnosos, la piel tostada por el sol y la sal, las curvas poco cubiertas de su cuerpo y esos ojos azules –tal vez de tanto mirar el mar– la convertían en una verdadera belleza. Tanto para los ojos como para el alma, al contemplarla.

Violette estaba dispuesta a mantener esa rutina siempre, no como un acto masoquista, sino para llenarse de fuerzas, día a día (noche a noche). La había tomado en la primera noche de luna llena que pasó allí, unos pocos días después de su desembarco. Es que no podía dejar de pensar que las desgracias la seguirían pasara lo que pasara y fuese a donde fuese.

Su niñez, de aguda pobreza en un suburbio de París, su ciudad natal, la había llevado hasta el cliché de tener que robar pan para comer. En la misma línea, a su madre no la conoció ya que falleció al darla a luz y su padre gastaba el bajísimo salario que ganaba, de la tapicería en la que trabajaba, en alcohol y poco más. Al menos Violette no recordaba que su padre la golpeara, pero no fue para nada un buen padre.

Al cumplir los trece años, Violette decidió que debía seguir por su cuenta y provista de nada más que de la ropa que tenía puesta, se lanzó al mundo en la primavera de 1886. Su suerte, tras un par de semanas deambulando por la ciudad, parecía haber cambiado. Consiguió el dato en una fonda de una casa de familia que, por necesidad, estaba ampliando el plantel de la servidumbre. Acostumbrada a hablar poco y hacer mucho, logró ser tomada en aquella Mansión. El patrón era un doctor muy reconocido en el París de entonces y Violette pudo vivir sirviendo a los hijos del doctor y a su mujer por espacio de dos apacibles años.

Pero la naturaleza se interpuso en la felicidad de Violette, ya bien entrada en su adolescencia. Su belleza natural, dominada por esos ojos, azules y profundos, fue acompañada del desarrollo de sus atributos, frescos, juveniles. Y el patrón empezó a mirarla con cada vez más cariño. Y su esposa se dio cuenta. Y hasta allí llegó esta etapa tan tranquila de la vida de Violette, porque la señora decidió cortar todo de raíz: la envió a Marsella, a servir a la cuñada del doctor, su hermana.

Con lágrimas en los ojos por despedirse de los niños a los que había cuidado con tanta dedicación los últimos dos años, Violette se subió al carruaje que la llevaría hacia aquella lejana ciudad, abandonando París para siempre.

En Marsella la recibió su nueva patrona, solterona de alta alcurnia, quien la trataba con bastante indiferencia. Unos de los recados típicos, en esa época, fue ir al puerto para conseguir, cada mañana, pescado fresco.

La “suerte” de su niñez volvió con furia en uno de esas mañanas. Un grupo de marineros, que zarparían al día siguiente, al verla tan desprotegida fueron tras ella. Violette corrió como nunca antes en su vida, con mucha más desesperación que cuando llevaba, de niña, una pieza de pan robada en París.

Así empezó la etapa más oscura de su vida. Los marineros la alcanzaron, en la carrera, en un oscuro callejón que olía a podredumbre. No conformes, porque la maldad en el ser humano no conoce límites, la subieron al Princesse Adrianne y, atada por ambas muñecas en una de las bodegas, zarpó también hacia América.

Los veinticinco días que Violette pasó en esta situación los sintió como una eternidad. Y fue en uno de esos momentos de tensa calma entre noche y noche de martirio que se abrió la puerta de un golpe y entró él. Borracho, es cierto, pero completamente aliñado, tez blanca, cabello rubio bien cortado y esa barba varonil. Al ver a la muchacha allí atada, Antoine comprendió todo y hasta despejó la cabeza del alcohol. Violette tuvo su rescate mágico, como lo prometían los cuentos de hadas que leía de pequeña y se dispuso, por fin, a ser feliz completamente enamorada de su salvador. Amor a primera vista.

Esa misma noche se desató la peor tormenta que ella recuerde. El barco naufragó y se llevó con él a sus verdugos, pero también a Antoine.

Diez años han pasado ya, diez años en que nadie la maltrata y la somete. Diez años de vivir en esa isla olvidada de Dios. Diez años de aquella noche de tormenta que la depositó en su lugar de residencia definitiva y solitaria. Diez años del único día de su vida en el que Violette pudo amar y ser amada. Hoy sólo le queda la Luna llena.

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