Oiga, damisela

Pintura al oleo de mujer por Hsin Yao Tseng

Hoy me siento como aquel día, el día del hey baby. Me toca algo de paz y en verdad debe ser porque ya es la quinta noche que paso aquí, encerrado, sin contacto con nadie que no conozca de casi siempre, sin llenarme la cabeza con hipocresía, alejándome de esa superflua manera de vivir que me fue fabricando el personaje. Porque me pasó eso y puedo decirlo, hoy, tranquilo: me comió el personaje.

Me siento como el día del hey baby porque fue un día tan cargado que es imposible de olvidar. Amanecí, como hoy, con la tranquilidad con la que vivía por aquellos días. Pensaba en que tenía que ver de qué manera conseguir el puchero del día, es cierto, pero desde temprano acompañado con las melodías de Bach de los vinilos del abuelo y fumando un buen cigarrillo mi mente no estaba para nada estresada.

La noche anterior la había pasado iniciando los bocetos de lo que sería mi mejor obra hasta ahí. En mi mente la tengo aún nítida a la visualización que tuve del cuadro. Una mujer de bellísimas proporciones recostada en un diván, durmiendo. Cabello suelto que cae, igual que la mano derecha, delicadísima. De fondo un ventanal enorme despuntando los primeros colores del alba y la escena rematada en su parte superior por un demonio y un ángel entrelazados en batalla a muerte por la posesión de la dama.

Como pintor autodidacta y admirador de Rembrandt, recuerdo que quería cruzar la estética realista de su primera etapa con la luz que le daba a sus obras en sus últimos años.

Pero el pintar, en esa época (bueno, nunca en realidad) no me dejaba ni una moneda partida al medio. Así que por la mañana tenía que salir a buscar algo para hacer. Había que comer y también dejar algo para comprar un par de pinceles que sabía, me harían falta.

Salí de la casita que fue de mis padres entonces, esa mañana, con total soltura y tras hacer un par de cuadras creí oírlo:

                Hey baby

                Me dices que detestas verme y que soy un horror

                Pero sé que esta noche me darás todo tu amor

                Hey baby

                No te hagas la difícil, sé que te gusta mi son

                Vamos para mi casa que te enseño mi canción

No le presté demasiada atención. No la merecía. Pero se quedó pegada en mi mente y no podía parar de tararearla. Me enojé conmigo mismo por eso y perdí noción de todo.

El vehículo me golpeó mientras cruzaba la última calle antes de llegar al mercadito donde iba a buscar la changa y me rompió cúbito y radio del brazo izquierdo. ¡Y yo soy zurdo! ¡Con un noventa por ciento de probabilidades de que se me rompa el brazo inútil para la pintura, va y se me rompe el útil!

El señor, igual, se portó como todo un ídem. Al Mercedes Benz solamente se le rompió el espejo derecho, lo fuerte que habrá sido el choque. Así que me subí con él y fuimos al hospital donde me pagó el yeso (y la atención, claro) y, luego de volverme a preguntar qué tal estaba y pedirme algún número de contacto, nos despedimos.

Cómo será de persistente el cerebro que, accidentado y todo, no dejaba de pasarme una y otra vez por la mente las tremendamente abrumadoras y pegadizas estrofas con su respectiva entonación. Hey baby / me dices… Me volví a casa con escozor en el estómago y pensando en qué iba a hacer en los próximos días para desenvolverme en la situación difícil en la que me encontraba.

Al día siguiente, como a las diez de la mañana, sonó el teléfono y atendí. Era el hombre del Mercedes. Me llamaba para preguntar cómo estaba pero, sobre todo, porque no se podía sacar el hey baby, que yo había tarareado en la sala de espera del hospital, de la cabeza.

Las casualidades de la vida son esas cosas que te hacen pensar que “la realidad siempre supera a la ficción”. El señor que me atropelló era productor de grupos de cumbia y me preguntó si no quería grabar mi “Hey Baby”. ¿Mío? ¡Si a mí me gusta la música clásica y la pintura! Mío. Mi mente lo habría compuesto.

Con hambre –y sin poder pintar, detalle nada menor– le dije que, si quería, que viniera a casa y lo charlábamos. El tipo no bromeaba. Me convertí en un One-hit wonder y el resto es historia conocida.

Pero no puedo más con eso. El personaje me devoró. Necesito volver a mi vida, a mi música y a mis pinturas. Necesito olvidarme de que yo mismo creé ese monstruo que todo lo toma en las radios, en la televisión y en los tabloides amarillistas. Ser una estrella de música popular es demasiada carga para mí.

Imagen: Pintura al óleo de mujer por Hsin Yao Tseng

Anuncios

4 comentarios en “Oiga, damisela

¡No olvides comentar esto!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s