Princesa

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Las puertas del castillo se abrieron de par en par, como si tuvieran un sensor de gente, de esos modernos.

Entré cómo sólo alguien de mi clase podía hacerlo. La altivez seductora de mis ojos y mi mentón, la media sonrisa sugerente para algunos pero por sobre todo digna. El paso cansino de quien no tiene apuros para nada en esta vida.

Es que la vida es demasiado bella. Todo es posible en ella. Hasta escribir en prosa rimando.

Entre el color que lo toma todo y en todos lados, los agradables aromas que flotaban por aquí y por allá (que solamente hay que saber buscar: frutales en el ala izquierda, florales más cerca de la entrada y, por supuesto, a manjares de todo tipo en el gran salón del comedor).

En ese gran edificio, tan reconfortante, había decenas de pajes dispuestos a servir. Sin embargo yo soy una princesa, no necesitaba hablar con ellos. Sobre todo porque con quien iba siempre era con mi madre, la Reina.

Además, la única charla que me gusta es la de ella. Entiendo que hay veces que mi conversación no le resultaba tan interesante, al cabo, era una niña todavía, pero me esforzaba siempre para estar a la altura. Mi madre fue demasiado seria siempre. No por nada llegó a ser reina.

Pero lo que más me gustaba de aquél castillo era visitar la zona en la cual, para mí, se conjugaba la magia completa del sitio. Cientos de metros cuadrados (seguramente) de telas que se extendían en muestras. Para cortinas, para alfombras, para sábanas y, lo que más me gustaba a mí, para vestidos. Cientos y cientos de prendas listas para utilizarse.

Por eso aquella vez entré allí con una inmensa alegría interna, a pesar de mis gestos externos: la reina me había prometido el mejor vestido que encontrara porque iba a festejar mis 12 años.

Cuando estuvimos más o menos a solas con mi madre, empecé a bucear en ese mar de posibilidades que tenía frente a mis ojos. ¿Rojos? ¿Blancos? ¿Dorados? Habían tantos y tan hermosos que no podía decidirme siquiera cuál probarme primero. De hecho no creía necesitar probarme nada, ¡todo me iba a quedar perfecto!

Entonces lo vi, hacia el fondo. No sé desde cuándo, pero de alguna manera ¡también había zapatos en esa zona! Wiiii.

Miré a mi madre con ojitos felices y vi que asentía solemnemente. Así que me lancé también allí para elegir unos zapatos. Recordaba la promesa de la infancia: “Con tacos recién a los doce” por lo que nada podía fallar entonces.

Todos hermosos los zapatos también. Y no era para menos, los pies de una Princesa deben ir calzados como Dios manda. Lo que sí hice rápidamente fue descartar cualquiera que tuviera tacos de aguja porque yo misma no podría soportarlo.

No estoy segura de cuánto tiempo pasamos allí mismo pero al fin había elegido lo que me iba a poner. Un soberbio vestido rosado con bordados en negro y unos zapatos muy elegantes aunque por completo rosados.

Pude en ese momento sentir en mi corazón los compases que bailaría en la pequeña fiesta que me iban a dar –al fin y al cabo, recién eran los doce, no los quince años–. Limpiaríamos bien el jardín de atrás (tal vez papá hasta repintara las paredes con cal), bajarían las mesas y las sillas del camión enorme, mi abuelita hornearía una hermosa torta y seguramente hasta beberíamos gaseosas en la cena.

Nos acercamos entonces hacia el final de la sección donde mamá pagó rápido con varios billetes bien doblados y salimos hacia la calle mientras las puertas del supermercado se cerraban detrás de nosotras, al dejar de detectarnos.

¡Gracias mamá, fue el mejor día de mi vida! ¡Te amo!

  Ilustración: Meline Ayelén Bogado Recalde
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